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Esperando por un milagro

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19.08.2026

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La siempre genial Erna von der Walde acaba de postear en medios sociales un cuento de Juan Rulfo llamado “El día del derrumbe”. “Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón?”. Así comienza esta historia, en la que dos nunca rememoran la visita de un miembro del gobierno a un pueblo que acaba de sufrir un terremoto. El primero es un narrador poco fiable, “Sí, sí yo me acordaba bien”, le dice a su dialogante, aunque bien poco o nada recuerda. Su memoria es una colcha de retazos, como suele pasar a quienes sufren en carne propia una tragedia. “Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuvieran hechas de melcocha, nomás se retorcían así, haciendo muecas y se venían paredes enteras contra el suelo. Y la gente salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia...”. Es un nunca, un nadie cuyo nombre no conocemos. Al segundo sí lo conocemos. “Eres bueno para eso de la memoria, Melitón, no cabe duda”. Melitón, como el filósofo y apologeta cristiano griego de Lidia. A este último se le atribuye uno de los primeros ejemplos de apologética, una defensa del cristianismo como fe y filosofía. Como “ideología”, dirían los modernos.

Apologetas cristianos como Melitón y Atenágoras recibían el título de filósofos y se apoyaban en esta para poner a la fe en pie de igualdad junto a los cuerpos de pensamiento y formas de vivir que contaban con gran prestigio entre el común de las personas en la antigüedad, los nadie de la época. Pues entre las filosofías del común llamadas paganas existía también una orientación religiosa, una preocupación material y existencial........

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