Torreblanca, bajo el mismo cielo y distinto suelo
La Hermandad de los Dolores de Torreblanca realiza su estación de penitencia el Sábado de Pasión / El Correo
La Semana Santa está hecha de contrastes, dualidades constantes de diversa índole, desde el ruán a la capa blanca, del botín de muelle al zapato de marca, del vestido de Shein al traje sastre, de amaneceres entre espadañas a ocasos recortando antenas y cordeles. De la misma ciudad que mira al mismo cielo, que aguarda, que organiza, que prepara sus vísperas, pero que no pisa el mismo suelo.
El sábado de pasión el barrio se llenará de gente que nunca ha estado allí. Llegarán a aquellos suelos movidos por la curiosidad, por la novelería o por las ganas de cofradías buscando el olor de un incienso nuevo, siendo el mismo de siempre.
La Semana Santa también se vive en los barrios, donde las cofradías salen entre hormigón, balcones humildes y calles imperfectas, pero con la misma devoción que intramuros.
La Semana Santa también se vive en los barrios, donde las cofradías salen entre hormigón, balcones humildes y calles imperfectas, pero con la misma devoción que intramuros.
Coches en las aceras, buenas colonias, bolsos, carritos y chalecos acolchados sin mangas mirarán desde el burladero de sus gafas de sol aquel firmamento de antenas, cables, persianas, aires acondicionados, geranios, cordeles y rejas que les rodea, el mismo que se transforma para parecerse a esa Sevilla del mismo cielo, que no del mismo suelo.
Será una revirá la que les enseñe que no hay diferencia entre unos suelos y otros, porque los costaleros rachean sobre el hormigón de las calles como por los adoquines centenarios, como la verdad de muchas cosas. Y se sorprenderán de la dejadez de sus plazas y sobre todo, de lo pequeños que somos entre tanta grandeza, la de una cofradía que se pone en la calle con sus papeletas de sitio, sus limpiezas de plata, sus ensayos, sus retranqueos, sus altares de quinario y sus besamanos.
En el sábado de pasión, quienes comparten el mismo cielo pero no el mismo suelo descubren que la grandeza de una cofradía no entiende de barrios ni de distancias.
En el sábado de pasión, quienes comparten el mismo cielo pero no el mismo suelo descubren que la grandeza de una cofradía no entiende de barrios ni de distancias.
Llegará el día en el que de esos barrios saldrán los nazarenos, capataces, músicos, imagineros, bordadores, tallistas y costaleros, niños de hoy, cofrades del futuro, que vivirán a un trasbordo de autobús de la esencia que intramuros, quedará intacta, como el oasis de la turistificación y la globalización. Religiosidad popular de extrarradio y periferia como pasó hace cien años.
La Hermandad de los Dolores de Torreblanca realiza su estación de penitencia el Sábado de Pasión / El Correo
A este Sábado de Pasión vendrán aquellos que comparten el mismo cielo, que no el mismo suelo, a tropezarse con el desperfecto del acerado y a hundir el tacón en el alcorque abandonado donde alguna vez hubo un árbol. No se volverán de vacío, se llevarán la imagen de aquellos balcones de pequeños pisos adornados con lo que se tiene, ya sea la palma rizada o la colcha, para que pase Cautivo el señor de su barrio, redimiendo aquellas esquinas donde antaño esperaba la muerte, amparando a los que ganaron la batalla, a los que la perdieron o a los que sobreviven, por donde la vida sigue pese a todo, avanzando, como sus nazarenos, como su cofradía, como sus vecinos, sorteando dificultades, pavimentos levantados, deterioro, suciedad y abandono.
Y llegará el misterio. El centurión romano conversará con el sacerdote judío que porta un pergamino ante dos columnas que delimitan el interior del palacio, un esclavo portará la soga y Poncio Pilatos se asomará a los sones de “Perdona a tu pueblo” mientras un joven se acerca con su puesto ambulante sobre un carrito de supermercado. Vende cocacola, aguafresquita, papas fritas o pipas, el paso se ha parado y al Señor seguro que no le importa, porque él se busca la vida.
Entre alcorques abandonados, antenas y cables, los niños de hoy aprenden los sones de Abel Moreno o Font de Anta, futuros cofrades de una religiosidad popular que sigue viva en la periferia.
Entre alcorques abandonados, antenas y cables, los niños de hoy aprenden los sones de Abel Moreno o Font de Anta, futuros cofrades de una religiosidad popular que sigue viva en la periferia.
Hay relevo de costaleros. Entre el gentío una señora aguarda sentada en un banquito, otros mueven los pies subidos a una tapia, unas sofisticadas uñas largas teclean con dificultad sobre la pantalla de un móvil y un chaval con el pelo degradado, pendiente ostentoso y tatuaje mal hecho en el brazo le dice a alguien que aquello está to guapo.
Y el palio llegará, con su petalada, con su candelería, con sus varales, con sus bambalinas, con su pellizco, mientras el atrevido cuponero pregona la suerte donde más demanda tiene, sin saber que la verdaderamente necesaria está en esos niños que acostumbran los oídos a Abel Moreno, a Cebrián o a Font de Anta entre alcorques abandonados, apagones de luz, estigmas y dejadez, y entre tantos ojos que asomados a esas ventanas, buscan ávidos de misericordia a su Cautivo.
El es la verdad y la vida, los suelos de Torreblanca lo saben perfectamente.
