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El día que Digi se bajó del tren

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Madrid, 23 de abril de 2026. En una sala de la planta 35 de la Torre Emperador, frente a la Castellana, un grupo de financieros acaba de recibir la noticia. Digi aplaza su salida a bolsa. No la cancela. La aplaza. La diferencia es importante sólo para los comunicados oficiales.

La versión pública fue limpia y elegante: inestabilidad geopolítica por la guerra de Irán, incertidumbre en el estrecho de Ormuz, ventana de mercado poco receptiva. El tipo de frase que sirve para no decir nada mientras se deja por escrito que la culpa es del mundo.

Pero la historia oficial deja muchas piezas sueltas. Otras compañías europeas habían salido a Bolsa en la misma ventana sin problemas. Los bancos colocadores —Barclays, Santander y UBS como coordinadores globales, con Rothschild como asesor— llevaban meses construyendo el libro de demanda. Y Digi no es una empresa cualquiera: es el tercer operador de fibra residencial de España y el cuarto en móvil, con 2,6 millones de hogares conectados a su fibra, 7,3 millones de líneas móviles, 929 millones de ingresos en 2025 y una red propia que llega a 13,7 millones de hogares. El tipo de historia que debería interesar a los inversores.

Algo no encaja. Y conviene seguir las cifras, no el relato. Detrás del aplazamiento hay una pregunta incómoda. Digi se presentó al mercado con una valoración cercana a 2.500 millones de euros. Esa cifra es lo que costaría comprar la empresa entera, incluida su deuda. La habían negociado los bancos, la habían digerido los analistas. Y, sin embargo, cuando llegó el momento de poner el dinero, los grandes inversores se echaron atrás.

La pregunta es qué tiene que pasar para que Digi valga 2.500 millones. Y la otra, más incómoda: por qué los inversores, después de mirar las mismas cifras, no terminaron de creérselo.

Un ingeniero rumano que lo hace todo en casa

Para entenderlo hay que saber qué es Digi. La compañía nació en 1992 en Brașov, una ciudad industrial al pie de los Cárpatos, cuando un ingeniero llamado Zoltán Teszári se lanzó a tender cable coaxial por los bloques de viviendas de una Rumanía recién salida del comunismo. Treinta y tres años después, sigue al frente. Controla el 57% del capital a través de RCS Management. La empresa, sociedad holandesa cotizada en la Bolsa de Bucarest, factura 2.217 millones de euros, emplea a 25.000 personas y opera en cinco países: Rumanía, España, Italia, Portugal y Bélgica.

El detalle importante es el código genético de la empresa. Digi no nació en un país donde se pudiera subcontratar nada. No había proveedores fiables, ni bancos que financiaran expansiones, ni redes neutras que alquilar. Había que cavar zanjas, tender cable y programar el software internamente porque no había otra opción. Esa necesidad se convirtió en la identidad estratégica del grupo. Mientras los grandes operadores europeos evolucionaban hacia modelos en los que casi todo se encarga a terceros, Digi siguió haciendo lo contrario. Su sistema de facturación es propio. Su plataforma de televisión es propia. Sus servidores son suyos. Hasta el sistema que detecta y bloquea ataques informáticos está construido en casa.

Esa filosofía explica todo lo que viene después. Los márgenes altos en Rumanía, donde la red lleva tres décadas amortizándose. La deuda creciente del grupo, porque construir redes propias cuesta dinero, y mucho. Y, sobre todo, por qué Digi quiere sacar a Bolsa su filial española: el modelo familiar de invertir con capital propio ha llegado a un punto donde el tamaño del proyecto supera las posibilidades del grupo.

Rumanía ya no genera suficiente caja para financiar lo que España consume. Hungría se vendió en 2022 a la húngara 4iG por 625 millones, dinero que financió el despliegue español. Portugal y Bélgica están en fase de inversión. Y el grupo entero está cada vez más endeudado.

España, la filial que se hizo grande

Digi aterrizó en Madrid en 2008 con una idea simple: ofrecer llamadas internacionales baratas a los rumanos que vivían en España. Allí donde la competencia cobraba 60 céntimos el minuto, ellos cobraban 5. Era un operador móvil sin antenas propias: alquilaba la red de Telefónica y revendía minutos. Marius Varzaru, que sigue al frente casi veinte años después, llevaba la oficina.

En 2017, Digi España tenía 187 empleados y facturaba 92,7 millones. Los grandes ni siquiera lo mencionaban. En septiembre de 2018 lanzó internet fijo, pero como simple revendedor de la fibra de Telefónica. A cierre de aquel año tenía 8.000 clientes de fibra. Y en 2019 ocurrió el giro: Digi decidió desplegar su propia red.

La decisión parecía descabellada. España ya tenía una de las redes de fibra más extensas de Europa y un mercado mayorista donde cualquier operador podía alquilar la fibra de los grandes a precios regulados. Pero el sentido era el de Teszári: si alquilas, pagas peaje; si tienes la red, te quedas con el margen. Y Digi quería ser un operador de masas, no una marca de nicho.

Lo hizo a su manera: sus propios empleados cavando zanjas, tirando fibra, conectando routers en domicilios y atendiendo llamadas en........

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