Emmanuel Carrère tiene miedo de votar a la derecha
Quizá la mitad de los libros de autoficción empiezan con la muerte de la madre o con la muerte del padre. De hecho, esa suele ser la primera frase del libro, unas palabras solemnes que indiquen que la madre ha muerto. A la gente que escribe le impresiona mucho que sus padres se mueran y, dado que los nuestros no se han muerto, les parece hasta interesante contárnoslo.
Todos los padres mueren, incluso corre la especie de que, lo que es morir, nos morimos todos. El gran fallo de la autoficción es no poder escribir un libro sobre la propia muerte, tema verdaderamente perfecto para esta literatura solipsista.
Emmanuel Carrère lleva un cuarto de siglo escribiendo sobre sí mismo, desde aquel window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El adversario (1999) que abrió la veda a que cualquiera pueda escribir libros si no sabe hacerlo. Basta con contar tu vida. Hay tantos autorretratos, testimonios, confesiones, memorias y autobiografías inanes en este siglo XXI que no queda nadie sin contarnos su infancia. La vida privada se ha vuelto bibliografía, y ya no eres nadie si no has contado tus traumas al mundo entero.
Carrère, claro, es un gran escritor, y hasta sus novelas fuera de sí (mismo) son excelentes. Pienso en window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El bigote, una novelita excepcional; o incluso en window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); Una semana en la nieve, disfrutable aproximación al siempre agradecido asunto del asesino en serie. Sin embargo, son títulos de estirpe reporteril o confesional los que le han dado lectores y premios, como........
