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Los dos claveles a la memoria de Fernando

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01.04.2026

01 de abril 2026 - 04:00

Dos claveles rojos a los pies, sueltos, lanzados desde un balcón, caídos con la cadencia de los dardos de amor que ya sin fuerza buscan quedarse para siempre donde están clavados los ojos del Cristo de la Salud. “Clavaíto en el maero, con el cuerpo estremecío, por San José esmorecío, va el Cristo de los Toreros”. Se oye la saeta, el bisbiseo de las oraciones, las toses por el incienso, el comentario del aguaor que se abre paso... El crucificado ya tiene los dos claveles en recuerdo de Fernando Carrasco, diez años de ausencia. Qué vida más corta para una cofradía tan larga. Diez años en los que siempre ha estado presente, que nadie muere del todo mientras es recordado, como enseñaba Juan Garrido Mesa. San Bernardo es la cofradía de Fernando y su padre, la del barrio que combina elegancia y popularidad, chiquillería y artilleros de gala, puente y recovecos, mediodía de esplendor y noche cerrada con luces de bomberos. San Bernardo es la cofradía completa, reconocible a lo lejos, inconfundible por sus señas propias de identidad. Es la cofradía que da gusto acompañar a la ida, si es posible en soledad, como esos cofrades viejos que acudían al encuentro de los cortejos sin ninguna compañía, que una cosa es ver pasos y otra es cortejar a una cofradía. Da gusto ver al Cristo en lo alto de su puente, cuando corona la tarde con la escolta de sus altos candelabros e inicia un descenso que le lleva a la sombra fresca de Santa María la Blanca.

Qué privilegio acompañar a esos elegantes nazarenos, pura estampa de la mejor Semana Santa, mientras se recuerda a Fernando, toda una vida de fidelidad a su hermandad. Las cofradías son las imágenes con su poder y las personas con sus obras. Identificamos a las cofradías por los hermanos que conocemos, que forman o formaron parte de ellas, que inscribieron a sus hijos para dejarles ese legado de amor, que siempre han llevado con orgullo su condición de nazarenos. Fernando era reconocible por sus valores: la familia, el periodismo y San Bernardo. Qué vida tan corta para un niño grande, un escritor de éxito, un nazareno de ojos claros al que su padre se acercaba discretamente por si necesitaba algo. Dos claves en su memoria, dos flores lanzadas a ese mar con salpicaduras de lirios. Diez años de ausencia, diez años de presencia en las plegarias. La Semana Santa es el reencuentro con los que partieron, la fiesta hermosa y única que permite el gozo y el dolor al mismo tiempo. Pura pasión. “Por San José esmorecío va el Cristo de los Toreros...”. Ayayayay. Y lleva los dos claveles a la memoria de un compañero.

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