La fidelidad de Pedro Ybarra, la emoción de Pablo Colón
06 de abril 2026 - 04:00
Se terminaba la celebración de la Misa del Azahar en San Antonio Abad cuando el sacerdote Pablo Colón, número 96 de la cofradía (a la que fue inscrito junto a su hermano Carlos por el padre de ambos, don Antonio Colón Vallecillo) quiso felicitar públicamente la pascua de Resurrección al cura Perico, don Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931). Don Pablo se emocionó y, con sus palabras, nos emocionó a todos. Casi 95 años ya de fidelidad a la Hermandad del Silencio, de la que Pedro Ybarra fue niño paje en las Semanas Santas de finales de los años treinta, y un sacerdote de vanguardia en la Archidiócesis de Sevilla, en la que fue uno de los mejores exponentes del espíritu aperturista del cardenal Tarancón en la Transición. Cuando Rafael Belmonte y un servidor recogimos firmas para que el cura Ybarra tuviera una calle en la ciudad, hay que reconocer que quien se mostró partidario desde el primer minuto fue el secretario general de CC.OO. en Sevilla, Rafael Aristu. Nunca ha olvidado el sindicato la ayuda que le prestó aquel cura de Bellavista en los años difíciles. Y allí estuvo el sindicato en la rotulación de unos jardines en la barriada donde don Pedro fue tan feliz en el ejercicio del ministerio pastoral. Ayer acabó la celebración eucarística más bonita del año (cruz alzada, ciriales, incensario, el canto del Regina Coeli y Eduardo Castillo Ybarra como hermano mayor) cuando don Pablo mandó parar y, antes de darnos la bendición, destacó con templanza la presencia de una leyenda viva de la Iglesia de Sevilla, de la hermandad y de toda la ciudad. Ayer concelebró la misa de Pascua aquel niño que aprendió a amar la Semana Santa desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo; el cura que hizo la milicia en El Ferrol; el que viajó a Roma, Jerusalén, Rabat o Ginebra, y el que oficiaba misas en inglés y en francés.
Vio llegar a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dio por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. Nos ha enseñado que la vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías". El paje de la Semana Santa de los años cuarenta se vio con los pajes de la Semana Santa de 2026. Casi noventa Semanas Santas entre don Pedro y esos niños que atendían a sus comentarios a la vera del Jesús Nazareno atracado ya en su galeón de oro en una playa de lirios. Todos nos emocionamos con la felicitación que supo capar el sentir de la hermandad y de toda la Iglesia de Sevilla. Se terminaba la celebración del día de mayor gozo del orbe católico, rostro encendido de Jesús Nazareno y destellos en el nácar de la cara de María Santísima de la Concepción, cuando al fin todo quedó en una charla entre pajes: la de don Pedro con los niños que repartieron el azahar. La vida son los días morados de una infancia feliz y de un servicio a la Iglesia, la libertad y la ciudad.
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