La cola vista desde el velador
25 de marzo 2026 - 04:00
Pocas veces se analizan los efectos del turismo masivo desde el interior, desde la posición de jugador local, desde el que está detrás de la barra, del mostrador o sentado en el velador que tiene una cola de absurdos aspirantes al relente. Los sevillanos vemos a una cantidad ingente de turistas a la espera de una mesa en las terrazas de veladores donde están otros visitantes sin la intención de levantarse en los siguientes diez minutos. ¿Cuánto tiempo se está en la mesa de un bar? Es como el que preguntó cuánto dura un jamón. Depende del cortador y del hambre de los comensales. ¿O no es así? La gente que espera de pie a que se quede libre una mesa resulta más que llamativa, sobre todo si se observa su actitud desde la mesa a la que ellos aspiran. Uno se siente mal, muy mal, porque se parte de la base de que no se debe hacer esperar a nadie. Se notan las cábalas de los aspirantes. "Los de la esquina parece que van a pagar". "Los de aquí cerca empiezan a cenar". "Los de más allá esperan a otra familia y han pedido juntar las mesas". Como dice Ramón López de Tejada, a los bares conviene ir sin prisas. ¡Pero no acosados! ¿Merece la pena hacer cola de esa forma y durante tanto tiempo? Uno recuerda cuando el maestro Juan Antonio Ruiz Espartaco declaró en una entrevista de hace muchos años a la maestra y compañera Clara Guzmán que le daba tanto apuro molestar al dependiente de una sastrería que, al final, se compraba una camisa, aunque no le quedara bien. Después de que le hubiera enseñado diez o quince, ¿cómo no comprar alguna?
Uno está en un velador con el abogado Pedro Molina de los Santos y siente el acoso de clientes potenciales. La película tiene título: Dos sevillanos en apuros. La presión de la mirada de los turistas es como el pitón de un toro que apunta a la ingle de la paciencia. Miran y miran y vuelven a mirar, como los peces en el río, pero a la espera del Aperol. Ahí es cuando hay que poner en práctica las lecciones sobre la Sevilla acogedora que enseña el profesor Manuel Marchena, un convencido de la riqueza que supone el turismo para esta Sevilla que otros, caso del gran médico y escritor Francisco Gallardo, consideran (consideramos) que hurta liugares esenciales. ¡Es la ciudad que nos ha tocado vivir, vista desde el cogollo! Uno, al fin, es como el maestro Espartaco en lo de sentirse comprometido ante la exhibición de la buena voluntad ajena. No se puede estar cómodamente en un velador si hay otras personas a la espera de la mesa con los ojos puestos en contar los sorbos de la tónica (demasiada pena es que ya no haya Finley) o de la caña de cerveza. Un sevillano no se puede sentar en negocios donde nuestros turistas, nuestros señores a lo Mañara, acuden a cenar sus viandas con vinagre de Módena. Mejor que no soportemos esas miradas fijas, ora compasivas, ora como embestidas. Es como el poema. Quien lo probó, lo sabe. Que le pregunten a Molina, el abogado. No el de los frailes de Regina, que casi también.
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