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“La revolución del 36 decidió sostener al Estado contra el fascismo”

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25.05.2026

A estas alturas, las disputas entre las y los historiadores del siglo XX versan menos sobre qué pasó que sobre cómo contar lo que pasó: dónde arrancar el relato, dónde cerrarlo; dónde poner el foco; qué arco construir, qué trama, con qué protagonistas. No son decisiones inocentes: cada una implica una toma de posición no solo estética sino filosófica, ideológica y moral. Tampoco son decisiones que vengan impuestas por “los hechos”. Es más bien al revés: qué llega a verse como “hecho” digno de contar es, en parte, una función del enfoque que adopte la historiadora. Esto no quiere decir que no quepa distinguir entre la verdad y la mentira, entre relatos mejor o peor construidos, o con más o menos rigor. Sí quiere decir que hay muchas maneras de narrar el pasado de forma verdadera y rigurosa. Su poder de persuasión es en parte una cuestión de estilo –de retórica, en fin– y, en parte, de la congruencia ideológica entre autor y lector. 

Lo que acabo de afirmar es una verdad como una casa que, sin embargo, no todos los historiadores están dispuestos a admitir. No solo porque les gusta verse a sí mismos como personas expertas, dotadas de instrumentos y entrenamientos especiales que les permiten descubrir la Verdad con mayúscula, sino también porque la batalla sobre el relato del pasado es cada vez más intensa. En esa lucha a muerte –y en la que no solo participan historiadores–, para algunos el aura del experto que habla ex catedra es un arma demasiado preciosa como para sacrificarla sin más.

Uno de los méritos de El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución en Europa, el nuevo libro de Juan Andrade, que trabaja como profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense, es que entra en esta batalla a cara descubierta. Asume sus decisiones narrativas sin ambages. “El libro”, escribe, “no busca la totalidad ni la síntesis, sino que propone una trama”. “En historia”, agrega, “la narración no es solo la forma expositiva y divulgativa de una verdad hallada antes en un plano empírico o abstracto, sino el trenzado de esos hilos del pasado”:  una parte del proceso en que “cristalizan explicaciones y significados”.

El cielo y las ruinas, que Andrade presenta como “ensayo histórico”, supone una intervención cardinal en el aluvión editorial provocado por el 90 aniversario del golpe de Estado que en 1936 dio comienzo a una cruenta guerra. (Muchos que escribimos sobre el tema evitamos llamarla la guerra “civil” porque nos parece que fue, ante todo, un conflicto internacional librado en tierra española). Para invitarnos a considerar la guerra bajo una nueva luz, Andrade se ha propuesto volver a narrar los 25 años que la precedieron y hacerlo a través de un elenco extraordinario de treinta protagonistas, en su mayoría no españoles, incluidos Walter Benjamin, Simone Weil, Arthur Koestler, Lise London, Ludwig Renn y Gustav Regler. 

Dado que la única forma de hacer justicia a un libro así es leerlo, nuestra conversación aborda lo que en el texto queda implícito: qué implica narrar, como un historiador nacido en 1980 en Barcelona y criado en Extremadura, una trama europea cuyo primer clímax se produce, precisamente, en suelo español. 

¿Este libro podría haberlo escrito un historiador no español? Lo pregunto por la consabida distinción entre hispanistas e historiadores “de la casa”.

Para mí, la verdad, esa vieja división ya no tiene mucho sentido, por más que pudiera tenerlo cuando la historiografía española aún estaba lastrada por la censura y el empobrecimiento cultural de la dictadura. Hoy el campo está mucho más homologado, con muchos efectos positivos producidos por las sinergias y prácticas en común, por el intercambio de saberes. Pero, ojo, esto también tiene su lado oscuro. Nuestro contexto académico, cada vez más globalizado, ha estado marcado por el predominio, en términos de poder y recursos, del mundo anglosajón, por los intereses económicos de grupos editoriales y por el corporativismo y la jerarquía de las universidades de aquí y de fuera. Esto impone una tendencia a la mímesis acrítica o banal de los marcos promovidos desde las instituciones y revistas de referencia, a los automatismos y a la estandarización.

En este magma de presiones hegemónicas, ¿dónde se sitúa? 

Soy, como bien dices, un historiador formado en la Universidad española, pero que –como todo historiador de su generación que ha hecho el cursus honorum típico– se ha formado también en estancias en varias universidades extranjeras (de América Latina, Europa y EEUU). En mi caso hay, además, otro componente fundamental: también me he formado en espacios no académicos, en asociaciones y medios culturales alternativos, en los espacios de reflexión y debate de movimientos sociales. No debemos perder de vista estos componentes de tipo generacional, social o vivencial, que no dejan de plasmarse en códigos normativos y compromisos cívicos adquiridos. 

¿Importa, en ese sentido, la identidad nacional?

En esos términos, lo que veo más importante en mi forma de escribir Historia es mi lengua, el castellano –que por otra parte es internacional–, por sus posibilidades extraordinarias y por las formas de pensamiento de alguna manera impresas en ella. Tengo claro que la lengua no es puramente instrumental y vehicular, sino constatativa y constitutiva de quien la usa y de la realidad que referencia. 

Y como buen materialista, asumirá que está marcado por su tiempo y clase social.

Quiero pensar –por materialista que sea, o precisamente por eso– que mi manera de concebir la historia es resultado de mis condicionantes históricos, pero también de mi voluntad y de las decisiones que yo mismo he tomado al tratar de ser consciente, precisamente, de esos condicionantes. Y puestos a pensar en esos términos, creo que la escritura de este libro también es resultado de una dialéctica entre sujeto y objeto de conocimiento. Si mi enfoque historiográfico es trasnacional, es porque así me lo impone la fuerza de las vidas transnacionales de los hombres y mujeres de esta historia.

En efecto, la mayoría de sus treinta protagonistas no tienen una........

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