El terremoto en Colombia y el desastre político
El 7 de agosto de 2022, día de la toma de posesión de Gustavo Petro como presidente, se organizó una inmensa fiesta popular en el centro de Bogotá: tarimas en distintas plazas, expresiones artísticas desde la mañana, conciertos, muestras de danza, carnavales espontáneos con delegaciones de todo el país que se dirigían hacia la plaza de Bolívar. Era el inicio del primer gobierno popular y de izquierdas en la historia de Colombia. Basta con ver las imágenes de la transmisión oficial, escuchar las arengas en la plaza llena, para descubrir que el protagonista de ese día fue el pueblo.
En contraste, la toma de posesión de Abelardo de la Espriella, el 7 de agosto de 2026, fue un evento triste. El abogado de mafiosos y paramilitares que le ganó a Iván Cepeda las elecciones por la menor diferencia porcentual en la historia de Colombia (entre numerosas irregularidades y acusaciones de fraude) no quiso realizar el evento protocolario en plaza pública, y ni siquiera en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, sino en el auditorio recién inaugurado de una universidad privada en Cali.
La toma de posesión se convirtió gradualmente en un espectáculo religioso
La toma de posesión se convirtió gradualmente en un espectáculo religioso
Cualquier recuento de ese día parece mentira. Cali estuvo llena de restricciones para la movilidad, sin transporte, militarizada y con los comercios cerrados, por lo que se sintió en la práctica como un toque de queda. Y la toma de posesión se convirtió gradualmente en un espectáculo religioso: oraciones en el orden del día, luces apagadas para hacer tomas en primer plano de una estatua de la virgen María, y un pastiche confesional que incluía a un rabino lanzando vivas al Estado de Israel. Como era de esperarse, no hubo pueblo; sólo un auditorio lleno de trajes oscuros, con un aire despótico y funerario de república bananera, y con el rey Felipe VI y el presidente Javier Milei como íconos tutelares de la internacional reaccionaria.
De la Espriella visita una nave en la que se almacenan víveres para repartir tras el terremoto. / Redes sociales
Fueron tantos los horrores, tantos los ridículos, tantas las agresiones al espíritu republicano ese día en Cali, que llegamos a pensar que ya había pasado lo peor. La vida seguiría a pesar de los fascistas. Era razonable esperar una desaceleración de los tiempos políticos, un hosanna militante del oligopolio mediático colombiano que le permitiera al nuevo gobierno de ultraderecha algunos meses de margen, hasta que la batería de medidas antipopulares ocasionara un nuevo estallido social. Pero las capas tectónicas son inmunes a los tiempos políticos. Tres días después, el 10 de agosto de 2026 a las 7:34 de la mañana, se desencadenó un terremoto de magnitud 7,4.
Su epicentro fue San José del Palmar, un pueblo de 5.000 habitantes en el departamento del Chocó, en el litoral Pacífico colombiano. Fue un evento extraordinario y al mismo tiempo común y corriente, como todo terremoto. Lo explica la doctora en sismología Gina Villalobos Escobar: “Se trata de la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana. Sabemos exactamente cómo se están moviendo las placas hace millones de años (...) Es un evento natural, esperable, de libro”.
En Cali, 164 kilómetros al sur del epicentro, la historiadora Nathali Aguirre se preparó un café y se sentó a leer en el balcón de su casa en el barrio Miraflores. Era lunes, la ciudad se estaba recuperando de la resaca de la posesión presidencial, y faltaban dos días para el inicio del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Una alarma sonó en su teléfono móvil, pero la descartó. Cayó en la cuenta de que estaba temblando por el sonido de los vidrios de las ventanas, así que se ubicó bajo el marco de una puerta (porque ese es uno de los muchos mitos urbanos ante estos eventos), y vio que se empezaban a caer los libros y las plantas de las repisas. Entonces levantó la mirada hacia el horizonte de Cali, hacia la cordillera central, y más que la imagen la espantó el sonido: algo que parecía una máquina grande, pesada, monstruosa, que estaba muy lejos y que al mismo tiempo estaba pasando al lado de su propia casa. Era el estruendo de los edificios cayéndose.
“Yo ya sabía que la ciudad se había destruido. La había visto con mis propios ojos”
“Yo ya sabía que la ciudad se había destruido. La había visto con mis propios ojos”
Según el Servicio Geológico Colombiano, el terremoto del 10 de agosto duró entre noventa segundos y dos minutos. Por eso todos los testimonios coinciden en lo mismo: hubo tiempo para hacer muchas cosas. Nathali Aguirre escuchó tres estruendos seguidos, mientras todo se movía, y poco después vio la polvareda que se levantó en la........
