¡Adiós, Ricardo!
Hoy no dirijo esta columna a los jovencitos, conocidos o no, a quienes algo intento aportar para su vida. Algo de ánimo, de empuje, de ilusión en momentos bajos. O a educadores que aun puedan leer estas líneas, si es que no se han aburrido de mi insistencia en querer y cuidar a nuestras gentes menudas. Y de creer siempre en ellas.
Hoy me dirijo a ti, Ricardo. Disculpa que no escriba “monseñor”. Sé que no te importa. La cercanía que siempre tuviste con tus sacerdotes y con tantos hermanos en la fe que encontraste en tu camino, hacía innecesario tan formal tratamiento.
Estos días han sido muchos los comentarios, las semblanzas, los recuerdos cariñosos que han ilustrado la difícil despedida vivida. No fue fácil entender y encajar lo que ha pasado… Asumir que la muerte, sin avisar, te llamó a su orilla, como dijo el poeta. Pero la oración, la confianza puesta en nuestro Dios nos ayudó a creer que sus manos bondadosas de Padre te recogerían. Es nuestro consuelo ahora.
Porque la gente, Ricardo, tu gente, ha demostrado sobradamente su admiración y profundo afecto hacia tu persona. Abundaron imágenes de........
