¡Ay, abril!
T. S. Eliot aprovechó que ahora nacen las lilas en la tierra muerta para dictaminar que abril es el mes más cruel. Esta ocurrencia lírica ... se ha convertido en frase de autoridad manida por tertulianos para explicar los problemas que retornan tras Semana Santa, aunque lleven todo el año complicándonos la vida. La guerra, la inflación, el racismo creciente, la incapacidad para formar gobiernos… La culpa es de abril y sus lilas muertas. Como no soy poeta ni tertuliano, cuando llega este mes no pienso en las delicadas lilas, sino en los vulgares espárragos trigueros, que estos días brotan salvajes entre los canchales y no inspiran serventesios, pero sí refranes: «Los de abril, para mí; los de mayo, para el amo y los de junio, para el burro».
Ir a setas en noviembre y a espárragos en abril es uno de los pocos hábitos recolectores primitivos que mantenemos desde esa Edad de Piedra a la que Trump quiere enviar a los países que lo incomodan. Pero mientras las lilas son discretas, el espárrago nos delata por diurético: tras comer un revuelto, nos obliga a miccionar y pueden suceder dos cosas: que nuestro pis huela discreto o que despida un intenso aroma que desvele nuestro mapa genético. Si huele amargo, herbáceo y silvestre, será señal de que tenemos el multigén del espárrago; si solo desprende notas amoniacales, nos falta ese multigén.
En Estados Unidos, algunas empresas están exigiendo a sus empleados un mapa genético para adivinar futuros trastornos y proceder en consecuencia. Suena a doctor Menguele: «Cómase este espárrago y mee». Entre la Era Nazi y la Edad de Piedra, dan ganas de mandar todo a freír espárragos y refugiarse en la contemplación de las lilas. ¡Ay, abril!
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