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La adulación y la traición en la política venezolana

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sunday

Hay una escena que Venezuela ha representado, con distintos actores y vestuarios, desde que dejó de ser colonia: un hombre en el centro del poder, un coro que lo aclama y, más temprano que tarde, ese mismo coro dispersándose hacia la próxima función. Cambian los nombres —Páez, Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez, Chávez, Maduro— pero la coreografía es sospechosamente idéntica. Y quizás ahí está lo más incómodo de reconocer: no se trata de una serie de traiciones aisladas ni de una colección de villanos, sino de un país que jamás terminó de construir algo distinto a una corte.

Lo digo sin nostalgia institucionalista ingenua: no existió una edad de oro republicana que luego se corrompió. Desde el desmoronamiento del proyecto colombiano, el poder venezolano se organizó alrededor de personas, no de normas de Estado. Un soldado seguía a su caudillo, no a una bandera abstracta; un funcionario debía su cargo a quien lo había señalado con el dedo, no a un mérito verificable. Esa arquitectura —afecto, deuda, miedo, parentesco— es mucho más resistente al paso del tiempo que cualquier Constitución, y por eso la seguimos viendo reaparecer disfrazada de ideologías sucesivas:........

© Aporrea