El imperialismo americano y el abrazo del ahogado
El imperialismo americano y el abrazo del ahogado
En los años de la Guerra Fría, muchos veían al imperialismo americano como el baluarte contra el comunismo. Pero la falta de información, la circulación más democrática de los hechos y los ejemplos en vivo nos impedían ver lo que hoy es evidente: que el pregón de lucha por la libertad del imperio norteamericano no es ideología, sino apropiación, expropiación o robo sin disimulo de las riquezas de los países que pretenden "liberar".
Imperio e imperialismos son eso: una empresa de depredación bajo justificaciones diversas, que van desde el altruismo cultural hasta la necesidad de asegurar el "espacio vital" y la seguridad nacional, cuando en realidad lo que coagula entre discurso y acción es la dominación de otros pueblos. Por eso, imperio y colonia van a menudo de la mano. Egipcios, griegos, macedonios, romanos, mongoles, mayas, aztecas, otomanos y, sobre todo, europeos avasallaron vastos territorios extranjeros, robando recursos o cobrando tributos. Los últimos colonizaron casi la totalidad de los países del planeta. La independencia —para quienes la lograron— costó sacrificios y sangre. Las consecuencias de la colonia, como la esclavitud, producen todavía efectos nefastos en la memoria colectiva y en la dificultad de resiliencia como pueblos. Haití, el primer país latinoamericano en independizarse, pagó largo tiempo una deuda impuesta por sus antiguos colonos franceses —una indemnización por la "pérdida" de sus esclavos—, y el bloqueo económico de las potencias europeas y del propio Estados Unidos (curiosamente, recién independizado del imperio británico) lo sumió en la pobreza más extrema. Hoy, cualquier lector puede constatarlo en Irak, en Siria y, más cerca, en Venezuela, donde Trump presumió sin rubor: "Sacamos tanto petróleo que........
