Le pregunto a la profesora que fue mía primero, y ahora es de mi hija, si no anda un poco más contenta con el incremento salarial que, sin que lo retribuya todo cuanto hacen, llegó a los trabajadores de educación y salud como novedad de año nuevo para aligerarles, al menos un poco, los costos de la vida.

“Bueno, madre, la verdad es que estamos esperando que nos paguen”, me respondió. “Es temprano aún”, la tranquilicé o era la intención…, y cambiamos de tema para tareas actuales, repasos, concursos pioneriles y un par de dolores de cabeza pendientes, de esos que van creciendo directamente proporcionales a la talla de nuestros hijos.

Luego olvidé el asunto, sinceramente, y tampoco ella vino a recordármelo. Mis profesores, desde que guardo memorias, hacían, sorteaban todo tipo de obstáculos para llegar a las aulas, luchaban con aulas repletas, callaban lo que solo ellos saben, sin sombra de queja.

Pero todo tiene un límite. La maestra que hace más de dos décadas se enfrentó a mi adolescencia y ahora ve adolecer a mi retoño, este 29 de febrero volvió a decirme que todavía no había llegado a su tarjeta -hasta ahora el problema era con el efectivo- el pago de enero.

Solo eso. No enumeró inconvenientes. No recalcó dolores. El trabajo esforzadísimo de los docentes, que no comienza ni termina con el horario de clases, las preocupaciones por el estudio y la vida, porque no son padres de sangre -se lo recordamos a los progenitores, de vez en vez, muy a conveniencia- pero es como si lo fueran.

Fue compasiva. Me salvó de recriminaciones. De interrogantes antes las cuales solo podría encogerme de hombros u ofrecerle una ayuda que no debería necesitar, porque trabaja y como tal tiene derecho a percibir su salario, y hacerlo en tiempo y forma.

En realidad, no hace falta que lo haga. Es muy dura la vida con todos, pero hay que hacer un alto cuando se habla de los trabajadores de la educación en Cuba: de los que todavía permanecen, insisten, no por sordos a los cantos de sirenas, más bien por amantes incorregibles de su trabajo. Esos merecen respeto, reverencia.

¿De qué viven? ¿Cómo sufragan los gastos más básicos? ¿De dónde sacan dinero si la inflación se ha tragado hasta los ahorros más abultados? ¿Por qué, a diez días de la fecha para el pago de salarios, maestros, profesores, laboratoristas, trabajadores de servicio…, andan con bolsillos vacíos, de dinero y de explicaciones?

Para el primero de marzo, aunque ya sonaba en algunos ámbitos, la “irregularidad” todavía no había llegado ante los funcionarios de la Central de Trabajadores de Cuba. Unos días después, respondieron que el problema del pago de salario se había resuelto ya y lo ocurrido “no fue responsabilidad del sistema bancario, sino de la unidad básica de la enseñanza media”.

Mientras indagamos, empero, nos llegaron reportes de otros atrasos tanto en el sistema de educación, incluyendo la superior, como de salud, dos de los más significativos en cuanto a cantidad de trabajadores en la provincia de Guantánamo, por cierto.

Además de las interrogantes anteriores, a estas alturas, habría que preguntarse también por qué las entidades de Salud y Educación no se prepararon para asumir el incremento salarial que se anunció a finales del pasado año, empezó a regir desde enero, pero se concretó en febrero.

Tiempo había. ¿Qué faltó entonces? ¿Hay algo que justifique, realmente, que lo que se concibió como un reconocimiento, más que merecido, para “estimular la permanencia” de los profesionales en esos sectores, llegue tarde?

Yo no sé en estos tiempos, pero en los míos, ya a ese salario, por ausente, le hubieran puesto una raya roja...

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QOSHE - Raya roja - Lilibeth Alfonso Martínez
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Raya roja

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07.03.2024

Le pregunto a la profesora que fue mía primero, y ahora es de mi hija, si no anda un poco más contenta con el incremento salarial que, sin que lo retribuya todo cuanto hacen, llegó a los trabajadores de educación y salud como novedad de año nuevo para aligerarles, al menos un poco, los costos de la vida.

“Bueno, madre, la verdad es que estamos esperando que nos paguen”, me respondió. “Es temprano aún”, la tranquilicé o era la intención…, y cambiamos de tema para tareas actuales, repasos, concursos pioneriles y un par de dolores de cabeza pendientes, de esos que van creciendo directamente proporcionales a la talla de nuestros hijos.

Luego olvidé el asunto, sinceramente, y tampoco ella vino a recordármelo. Mis profesores, desde que guardo memorias, hacían, sorteaban todo tipo de obstáculos para llegar a las aulas, luchaban con aulas repletas, callaban lo que solo ellos saben, sin sombra de queja.

Pero todo tiene un límite. La maestra que hace........

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