Euphoria y el fracaso de la pedagogía tóxica
El dinero fácil y el sexo como vehículos para existir figuran entre los principios que exhibe Euphoria, serie popular entre adolescentes que regresó este año tras cuatro de ausencia y que parece empeñada en rescatar una pedagogía tóxica que las juventudes reales ya superan en su vida cotidiana.
El desajuste es notable. Mientras las generaciones más jóvenes beben cada vez menos (en Estados Unidos, la proporción de adultos menores de 35 años que afirman consumir alcohol cayó alrededor de diez puntos en dos décadas, y la sobriedad voluntaria pasó de rareza a aspiración), posponen o descartan la maternidad y han aprendido a desconfiar de la exhibición de sus rostros permanente en redes con “feeds” en blanco, Euphoria insiste en un catálogo de conductas que su propio público comienza a abandonar. La serie narra como horizonte vital lo que sus espectadores tratan, cada vez más, como riesgo.
La tercera temporada vuelve ese desfase casi caricaturesco. Cassie, el personaje de Sydney Sweeney, se reinventa como creadora de contenido en OnlyFans para financiar su boda; en una de las escenas más comentadas aparece disfrazada y ladrando a la cámara. Esa misma Cassie es retratada, además, como adicta a las redes sociales y envidiosa de la vida ajena: justo la pulsión de la que la generación más joven dice querer desintoxicarse. Rue, por su parte, aparece en México convertida en mula de un cártel, tragando cápsulas de fentanilo para cruzar la frontera, porque el filtro sepia y el estigma son sello de la casa de cualquier contenido producido en Estados Unidos. El sexo monetizado y el dinero rápido no funcionan aquí como desviaciones que la trama castigue, de hecho son la trama, un ejemplo, los únicos vehículos........
