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La actualidad renacida del marxismo revolucionario

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11.08.2022

Resulta cuando menos paradójico que, en este momento histórico, las alternativas globales al capitalismo estén reducidas a la mínima expresión.

No es que los pueblos hayan dejado de luchar, no hay más que asomarse a los medios por el capital controlados; no los pueden ocultar: todos los meses, en un país, en un estado, en una nación, millones enfrentan las consecuencias de unas relaciones sociales de producción que han tocado techo en su capacidad para resolver las necesidades más básicas de la población.

Tras el supuesto fin de la pandemia que mató a millones de personas por la total privatización de los medios sanitarios y farmacéuticos, en Ecuador, Ceilán, Panamá, Gran Bretaña…, se ha levantado la clase trabajadora y los pueblos contra las condiciones de vida que los gobiernos burgueses les quieren imponer para salir de una crisis económica y social que nunca cerraron, y que se vio agudizada por la pandemia.

Luchan contra un capitalismo imperialista que no solo da síntomas de decadencia, sino que pone blanco sobre negro su incapacidad para resolver los problemas más acuciantes de la humanidad, como la salud o la propia vida en el planeta, amenazada por el cambio climático o la guerra generadas por las relaciones sociales capitalistas.

El drama de la historia es que todas estas movilizaciones obreras y populares no encuentran un objetivo que les dé sentido, que supere el ser “medios sin fin”. 40 años de neoliberalismo y su correlato progresista, el post marxismo, hicieron mella en la conciencia de la clase obrera y los pueblos sobre la esperanza de una verdadera transformación de la sociedad, convirtiendo lo más subjetivo de la persona, la conciencia que tiene de sí misma y de su fuerza como colectivo/clase social, en un freno objetivo para cambiar un futuro que el capitalismo en su decadencia ofrece como muy negro.

Es momento de acabar de una vez por todas con uno de los venenos que más daño han hecho entre la clase obrera y los oprimidos, desarmándolos ante las políticas del capital, la “ideología” de «renunciemos a la revolución», es decir, a luchar por la transformación socialista de la sociedad y limitémonos a “que la gente viva un poco mejor”, como dijera hace unos años el ex presidente de Uruguay, Jose Mujica.

40 años destruyendo la conciencia de clase

En el año 2000, hace ya 22 años, James Petras escribía una serie de textos sobre el papel de las ONGs en plena orgía neoliberal bajo el manto del “fracaso del socialismo”, asociado al colapso de la URSS y la desaparición de los ex estados del “socialismo realmente existente”, absorbidos todos ellos por la restauración del capitalismo.

Petras decía en aquel momento “(…) las ONGs son fundamentalmente actores políticos cuyos proyectos, capacitación y talleres no producen un impacto económico importante, (…) ni en reducir la pobreza. Pero sus actividades si desvían a la gente de la lucha de clases” (El postmarxismo rampante: una crítica a los intelectuales y las ONGs, Enero del 2000). Las consecuencias eran sociales y políticas, que se pueden sintetizar en una palabra, la “despolitización” de la sociedad.

Fueron muchos los marxistas a los que el Muro de Berlín se les cayó en la cabeza, que se reconvirtieron en adalides de la imposibilidad de la “transformación social” y que, a lo sumo, había que redistribuir la riqueza. El que mejor sintetizó este giro fue el expresidente de Uruguay, exguerrillero, Jose Mujica, cuando transmitió la derrota de toda una generación, la de los 60 y 70, a la juventud: «Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo, fui aplastado, derrotado, pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de la igualdad».

Al final, si todo se reduce a que “la gente pueda vivir un poco mejor”, para qué queremos sindicatos de clase, partidos revolucionarios y toda esa zarandaja que supone el riesgo de que te “aplasten y derroten”; mejor hacerse miembro/voluntario de una ONG, negociar con el enemigo proyectos y talleres para que “la gente pueda vivir un poco mejor”.

Seamos realistas, pidamos lo imposible”

Este fue el lema de la generación que fue “aplastada y derrotada” y que el post marxismo redujo a “el seamos realistas, pidamos lo posible”. Fue otro dirigente de la clase obrera reconvertido en presidente de una república, Lula en Brasil, el que recordó que “la política es el arte de hacer lo posible”, con la misma lógica derrotista y reaccionaria de su colega Mujica: renunciemos a la transformación socialista de la sociedad, limitémonos a exigir lo “posible”, que dentro del sistema capitalista tiene........

© Rebelión


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