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Ejercicios para no perder de vista a quiénes tenemos delante

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27.05.2026

Admitir que el Secretario de Estado de EE.UU. es cubano, lo mismo que sevillano o piamontés (según él mismo declaró en la reciente Conferencia de Seguridad Europea), equivaldría a darle vela para participar en cuestiones de política cubana —lo mismo que española o italiana. 

¿Y cuál podría ser el argumento para aceptarlo o negarlo? Digamos que si le reconociéramos a él, por sus ancestros, “ser tan cubano como las palmas”, ese mismo derecho asistiría al presidente Trump, según sus antepasados, para que lo eligieran diputado al Bundestag por Baviera o al Parlamento escocés. O, digamos, a Michael Corleone, para fundar en Sicilia un movimiento que preserve el legado de su padre, y le dé su nombre a un Instituto de Moral y Cívica y a una Escuela de Negocios, donde se enseñen las artes de tener éxito en otros países. 

Pero la verdad es que ni Trump tiene otra afinidad con Baviera o con Escocia que haber bebido cerveza bávara o scotch toda su vida; ni la gente siciliana se tomaría en serio a un italoamericano que viniera a darles lecciones de patriotismo o a enseñarles cómo hacer las cosas; ni los de Matanzas tienen por qué extenderle una carta de cubanía a un político americano que no se ha parado nunca bajo una palma cubana, y no sabe cómo un desmochador la sube con la misma habilidad de muchas generaciones, para tumbar las pencas con que cobijar un rancho o el palmiche para alimentar los puercos. Cuya carne, por cierto, sabe muy diferente a la de los puercos de allá, como suelen repetir en Miami los cubanos nacidos aquí. 

Porque este secretario de Estado solo ha visto a esos guajiros cubanos en fotografías. 

Lo desopilante, si no fuera patético, es que este nativo de Miami, que nunca ha residido en ningún otro país del mundo ni de América Latina y el Caribe, que no sea como visitante, se dirige a esos guajiros cubanos como si fuera uno de nosotros, y hubiera compartido sus vidas, angustias y alegrías. Como si hubiera puesto sus zapatos en la casa de alguno de ellos, y los hubiera visto cocinar harina de maíz, ñame, chayotes, quimbombó, según recetas centenarias, en un fogón de carbón o leña; trabajar la tierra, tomar ron peleón sin hielo ni jugos, encender tabacos torcidos por ellos mismos, matar un puerco o un pollo con sus manos, ponerse una hoja de salvia para el dolor de cabeza, recoger manzanilla o cilantro silvestres del patio o huevos de donde anidan las gallinas en el monte, hablar de sus problemas entre........

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