Al final de la curva
Toda obra literaria es —en menor o mayor medida— autobiográfica, pero el lector no conoce la proporción, ni el momento de vida retratado, ni la composición química de los personajes, por ello, predomina la sensación de descubrimiento que hace fascinante toda la literatura, aquella que trasciende a través del tiempo, pero también aquella primigenia que da cuenta de un momento preciso de un estado de ánimo, o de un hecho que marca la vida de un personaje.
La breve novela de Agustín Echalar Ascarrunz, “La curva recta” (1990, edición del autor), narra a un personaje que se interroga y busca respuestas que no encuentra y que lo llevan a preferir una no-vida, es decir, una ausencia definitiva de este mundo terrenal. “Casi se había olvidado de las ganas de no despertar…”, leemos en las primeras páginas y un poco más adelante: “La vida para Arturo no implicaba misiones ni verdades; para él, lo más ligado al concepto de existencia, era la pregunta, la duda; y así sobrellevaba él la suya.”
Esta es una novelita (el diminutivo no es despectivo, sino una indicación sobre su brevedad) que deja se deja leer de una sola sentada por su prosa cuidadosa al extremo, cuya cadencia en una lectura en voz alta permite encontrar el ritmo como en un poema o canción.
Desde las primeras páginas, el personaje de Arturo es presentado como un hombre joven, que se aburre de todo, que apenas aguanta el tedio de las conversaciones con otros, incluyendo a su propia familia. ¿Qué sucederá en los siguientes capítulos? ¿Qué se puede hacer con un personaje cuyo principal afán es no hacer nada, matar el tiempo en un café, soportando conversaciones banales?
El recorrido de Arturo en la novela de Agustín Echalar no es el de Leopoldo Bloom de........
