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En Bolivia se habla sin control

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En Chile, una reciente controversia permitió evidenciar una diferencia profunda en la forma en que los Estados entienden la responsabilidad pública. A través de canales oficiales del Gobierno se difundió una publicación en la que se afirmaba que el país estaba “en quiebra”. No fue una opinión personal ni una frase improvisada, sino un mensaje emitido desde plataformas institucionales, es decir, desde el propio Estado.

La afirmación, carente de respaldo técnico, generó una reacción inmediata. Economistas, analistas y actores políticos cuestionaron su veracidad, y el contenido fue retirado. Lo más relevante no fue la polémica mediática, sino lo que ocurrió después.

La Contraloría General de la República de Chile intervino mediante un oficio formal solicitando explicaciones al Gobierno. Requirió conocer quién autorizó la publicación, en qué se basaba la afirmación y bajo qué criterios se utilizó un canal oficial para difundir ese mensaje.

No se trató de un debate político, sino de un proceso institucional orientado a determinar si se vulneraron principios básicos del ejercicio público, como la veracidad y la responsabilidad.

Este hecho revela una diferencia clave. En Chile, lo mismo que en otros países, la comunicación oficial es considerada parte del actuar del Estado. No es un espacio libre. Cuando una institución pública comunica, está ejerciendo poder, y ese ejercicio puede generar consecuencias reales.

Decir que un país está en quiebra puede afectar expectativas económicas, generar incertidumbre y alterar la confianza en las instituciones. Por ello, la palabra también es objeto de fiscalización.

Además, esta intervención es posible porque existe una separación efectiva entre el Gobierno y los órganos de control. La Contraloría actúa con autonomía y puede requerir explicaciones al propio Ejecutivo, sin depender de la voluntad de este.

En Bolivia, en cambio, la lógica es distinta. La Contraloría se concentra en el control económico y administrativo, mientras que la comunicación estatal permanece prácticamente fuera de fiscalización.

Las autoridades pueden emitir afirmaciones sin sustento desde canales oficiales sin que ello genere consecuencias institucionales. La palabra se ha vuelto un instrumento político sin control.

Sin embargo, en el contexto actual, esta situación resulta cada vez más problemática. En sociedades interconectadas, una declaración puede tener efectos inmediatos en la economía y en la percepción pública. La comunicación estatal no es un accesorio: es una forma de ejercer el poder.

El caso chileno deja una lección clara. El control del Estado no solo debe aplicarse a lo que se hace, sino también a lo que se dice.

En Bolivia, ese estándar aún está pendiente.

El autor es analista de políticas públicas


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