Raúl del Pozo, príncipe de los piratas
Raúl del Pozo, príncipe de los piratas
Raúl era sin duda el príncipe de los piratas, un príncipe noblemente dispuesto a perdonar al enemigo y siempre encantado de mezclarse con la plebe.
Dicen que ha muerto Raúl del Pozo, pero yo le veo donde le he visto siempre. Le veo en los pasillos de la sexta planta de Pueblo, en Huertas, 73, porque cuando yo le conocí ya no andaba por la quinta, donde estaba la tropa de infantería, salvo, decían, por las noches, cuando se armaban partidas de póker en el despacho de Cercadillo, el subdirector, que nunca supimos, los novatos, dónde guardaba el whisky, pero haberlo, haylo, como hubiera certificado Chema Pérez Castro, que guardaba la entrada. Le veo en aquella sexta donde había despachos para jefes de esto y de lo otro, y donde, al fondo, estaba el refugio de Opinión, sancta sanctorum donde firmaban Diógenes, Copérnico, Marlowe, Vidriales y Falstaff, que era él. Y le veo asomarse, discretamente, por la puerta de Documentación, allí en la sexta, de mañana, para rebuscar en los archivos la materia prima con la que montar sus columnas. Porque Raúl era un artista, pero como buen artista era buen artesano y sabía que para hacer volar las palabras había primero que componer las alas.
No sé cuándo exactamente regresó de su última corresponsalía, que fue, creo, en Londres, pero llegó en el momento justo, cuando el propio periódico, el de los sindicatos verticales, el vespertino que llenaba las tardes con titulares sensacionalistas se transformaba en campo de batalla y microcosmos de la Transición. Por voluntad propia o llamados de vuelta, habían regresado a la vez Raúl, de Londres, Javier Martínez Reverte (luego Javier Reverte a secas), de París y Elvira Daudet, de Roma, tres estrellas del periódico que, en el extranjero, se habían hecho del "partido", que era como se conocía al PCE. Podrá extrañar hoy que en un periódico como aquel hubiera de eso, pero había más, y entre los más jóvenes y recién incorporados, adscritos a tareas menores, como Documentación, formábamos una pequeña muestra de todas las siglas clandestinas de entonces, si se contaba a los que ya habían pasado por varias.
Imaginar ahora cómo era resulta complicado. El pasado siempre es un país extranjero. Hay un libro, Nido de piratas, de Jesús Fernández Úbeda, que cuenta todas las historias que se mezclaron en aquel edificio de extraña modernidad arquitectónica, que contaba con un legendario ascensor abierto y continuo, un paternóster, que daba vértigo a los invitados y al que Raúl llamaba la noria. Si me detengo un instante en aquellos largos meses, quizá un par de años, en los que allí se hizo política, aunque de aquella manera, con asambleas y dazibaos, como decía sarcástico Cercadillo, es porque en esas batallas también estaba Raúl, entonces un comunista sentimental e inofensivo, que no alentaba el enfrentamiento con los contrarios, nos dejaba el protagonismo a los pequeños y, si era necesario, nos protegía. Sabía, porque sabía más que nosotros, que aquello pasaría y que después habría que seguir trabajando.
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Raúl del Pozo era uno de esos tipos que se mueven con la misma naturalidad por la calle que por los salones, y en aquel entonces, que es el lugar donde yo lo veo, se movía por un Madrid que confundía alegremente libertad y libertinaje con el espíritu de aventura del que disfruta de la emoción del momento. Era de la clase de hombres que no llegan a matar al niño que fueron y ese poso de inocencia hizo, seguramente, que no se le viera nunca engreído, altivo o displicente. No se le subían a la cabeza los halagos ni presumía de sus golpes de genio, como cuando inmortalizó una época de la política española con la frase de que "a Bambi no le gustan los miércoles". No sería un santo, nadie lo es, pero tenía una generosidad que es rara en el oficio y no se olvidaba de los que habían corrido peor suerte. Si era un pirata, como todos los demás que retrata Úbeda, Raúl era sin duda el príncipe de los piratas, un príncipe noblemente dispuesto a perdonar al enemigo y siempre encantado de mezclarse con la plebe.
En la presentación de Nido de piratas, Arturo Pérez-Reverte contó al final una historia triste. Uno de los de Pueblo, alguien de cierta edad, que había estado en Opinión o en la redacción, cuando cerró el periódico iba todas las tardes hasta el edificio de Huertas, 73 y se sentaba en un banco que había enfrente. Un día lo encontraron allí, muerto. Raúl era el que podía escribir una columna sobre esto, citando a los clásicos, con sobriedad castellana y jerga de quinqui. Pero que yo sepa no lo hizo y ahora no lo hará, porque está de camino. Acaba de salir de un taxi que le ha dejado delante del bar que hay enfrente del periódico y que todos llamamos "el cerdo". Mira a ver si hay alguien, pero están Eduardo García Rico y Dámaso Santos Amestoy en la barra, metidos en una de sus conversaciones incomprensibles e interminables, y pasa. Puede venir de una larga sobremesa con un ministro, de un casino o de una tasca a saber dónde, pero viene impecable y elegante con su gabardina.
Cruza la explanada y entra por la puerta de abajo, que no es la grandota y oficial, pero es la que usa todo el mundo. Pide fuego al que está en portería y con el pitillo en la mano, se mete en la noria. Saluda a Jesús, el conserje del bigote que está en la planta de administración. Una más arriba ve a Paco el Pata, que no tiene un sitio fijo —o sí, como guardián de la dirección— pero está en todas partes. Intercambian un chascarrillo y Raúl se ríe con la risa desenfrenada que tiene. No se baja en la quinta, donde la tropa teclea en las enormes máquinas de escribir, los de deportes braman, los de sucesos explican cómo hay que hacer para sacar buenas fotos del crimen, los de confección trabajan sin molestar y los de nacional no se sabe qué hacen, mientras los teletipos descargan su mercancía en el cuarto de al lado. Pero tampoco va a quedarse en la sexta, porque Raúl, en la noria bendita y vertiginosa, hoy va más arriba. Va a la séptima para tocar el cielo con las manos, abrir la puerta, si es que hay alguna, y hacer que llegue allí el ruido de la calle. Y dicen que ha muerto.
