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Ante el vacío

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15.03.2026

Falla municipal València 2026. / Germán Caballero

Y, de momento, sus ojos se fijaron en el peor pasado, en la destrucción humana tras la barbarie. Era una de esas tardes de dimanche blues. Observaba sereno la foto de Robert Capa que inmortaliza la muerte de un miliciano en los campos de la guerra de España. “No hemos aprendido nada”, musitó. Mientras, la portada del periódico anunciaba la nueva guerra.  

Parece que sí, que nos han empujado por la puerta de atrás hacia una nueva era que se abisma al vacío. Una era para desandar, para deconstruir valores, para desaprender. Una era de laminación del multilateralismo. De cuestionamiento de la paz. De reemplazo de los valores de la Ilustración por el culto a la irracionalidad. 

Hemos accedido, de golpe, a la era sin orden, la era de la brutalidad, “la era de la revancha”, como la denomina el periodista Andrea Rizzi al describir el desafío de las fuerzas nacionalpopulistas que erosionan el orden liberal-democrático en nuestras sociedades.  

Vivimos un retorno a la lógica de la amenaza, la confrontación y la guerra, al uso del poder duro como dialéctica geopolítica. Es una lógica imprevisible, arrogante, temeraria. No el derecho, sino la fuerza. No el acuerdo, sino el combate. No la negociación internacional, sino el ataque sistemático a las organizaciones multilaterales que antes arbitraban en el conflicto y sostenían la cooperación. O que, al menos, lo intentaban, sumergidas demasiadas veces en la impotencia. 

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio traumático más. Es el síntoma abyecto de una crisis de valores global. Durante décadas parecía que el crecimiento económico y los adelantos tecnológicos bastaban para alumbrar el progreso. Hoy constatamos que no era así. 

Los apóstoles del tecnocapitalismo han aprovechado la coyuntura perfecta: la erosión de las instituciones políticas y el debilitamiento de los grandes marcos espirituales que, durante siglos, proporcionaron un sentido compartido a la vida colectiva. Se habla mucho de la crisis de la política –con razón– pero mucho menos del vacío que ha dejado la pérdida de referencias morales y éticas comunes. 

El cristianismo —con todas sus contradicciones históricas, con todo su abuso de poder terrenal también— aportó durante siglos un armazón de valores que podían ser compartidos desde posiciones laicas: la idea de que el prójimo merece cuidado, la centralidad de la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables, el........

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