Casa Rorty LXV: Noticia de Alexandre Kojève
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Hablar en términos peyorativos del fin de la Historia se ha convertido en uno de los lugares comunes de la intelectualidad occidental: desde que Francis Fukuyama recuperase ese concepto de raíces hegelianas a comienzos de la década de los noventa, sugiriendo que el hundimiento del comunismo soviético zanjaba el debate sobre el mejor régimen político en favor de la democracia liberal y podía entenderse como un “fin de la Historia”, suele citarse al politólogo norteamericano como ejemplo de hubris filosófica. ¿Cómo va a terminarse la Historia, si seguimos yendo a la guerra? Ocurre que la noción del fin de la Historia es mucho más compleja de lo que parece y quizá el periodismo –pasa lo mismo con la tesis schmittiana de que soberano es quien decreta la excepción– sea incapaz de asimilarla. Y aunque Hegel deba considerarse el padre de la moderna –qué otra cosa podía ser– filosofía de la historia, su recuperación en el siglo XX se debe a uno de sus intérpretes: Alexandre Kojève. Fue él quien dictó un célebre curso sobre la Fenomenología del Espíritu en la Escuela de Altos Estudios de París entre 1933 y 1939, al que asistieron figuras como Georges Bataille, Jacques Lacan, André Breton, Maurice Merleau-Ponty o Raymond Aron. Su transcripción fue leída con avidez por la élite intelectual parisina de la posguerra y una edición de “el seminario”, como llegó a conocérselo, llegó a la imprenta en 1947: una compilación desordenada de los materiales recogidos por distintos asistentes a los que dio forma de libro el singular escritor Raymond Queneau.
Como puede acreditar quien se haya acercado a la obra, no se trata de un libro fácil: una suerte de pesadilla para filósofos analíticos de corte anglosajón. Tal vez por eso ha tenido que ser un inclasificable pensador alemán, Boris Groys, quien asumiera la tarea de escribir la “biografía intelectual” de Kojève; lo ha hecho en un libro publicado por la editorial Verso hace unos meses. Y no descartemos que Groys fuera la única persona capaz de hacerlo: nacido en el Berlín oriental en 1947, estudió filosofía y matemáticas en la universidad de Leningrado, pasando a enseñar lingüística en Moscú antes de emigrar a la República Federal Alemana en 1981, desempeñándose como profesor invitado de la Universidad de Los Ángeles en 1991 y como docente en teoría de los medios bajo la dirección de Peter Sloterdijk en Karlsruhe. Solo alguien así formado podía identificar las fuentes del pensamiento de Kojève más allá –mucho más allá– de Hegel, remontándose a la filosofía y la política rusas de finales del XIX y comienzos del XX e iluminando con ello una filosofía tan hermética como fascinante. Y una que conserva, por extraño que parezca, su vigencia.
A Groys no le interesa dar detalles sobre la vida de Kojève y resume su vida en un párrafo: nace en Moscú en 1902 en el seno de una familia culta y adinerada, abandona la joven Unión Soviética en 1919 y recala en Alemania, empeñado en comprender el acontecimiento que lo había convertido en un exiliado. Estudia Filosofía y se doctora en Heidelberg en 1926: su director de Tesis es Karl Jaspers. Poco después se muda a París, donde trabajará como burócrata estatal. Después de la guerra se convierte en uno de los creadores de la Unión Europea y muere de un infarto en Bruselas en junio de 1968. El sintético Groys propone que veamos a Kojève como “una suerte de Arthur Rimbaud de la burocracia moderna, un filósofo que se convirtió en mártir del orden burocrático post-histórico”. En los capítulos finales, cuando se aborda la concepción del arte de Kojève, descubrimos que este hombre sin familia –llegó a fugarse en la juventud con la cuñada de Alexander Koyré, si bien el matrimonio no sobrevivió a la ruina causada en sus fortunas personales por el crash de 1929– se dedicó durante sus incontables viajes profesionales a coleccionar postales de monumentos históricos y obras de arte, así como a tomar él mismo miles de fotografías cuyos negativos se conservan en la Biblioteca nacional de París. Se trata de instantáneas de obras de arte, muchas de ellas modernistas, pero también de los mismos monumentos que figuran en las postales que acumuló: testimonios del pasado glorioso de Europa.
La lucha por el reconocimiento y el fin de la historia
Para Groys, el problema central del pensamiento de Kojève se resume en una pregunta: ¿qué significa ser humano? Y la respuesta del pensador ruso es que el humano es el animal que sabe que va a morir, lo que nos diferencia –o eso creemos– de las demás especies. Portamos la nada en nuestro interior: estamos a la vez dentro y fuera de la naturaleza. Claro que esta referencia a la nada o la “nadidad” no vendría de Heidegger, postula Groys, sino del budismo; así lo demostraría la lectura del diario que Kojève transportó de Rusia a Alemania, perdido un tiempo y luego –qué cosas pasan– reencontrado. A diferencia de Heidegger, Kojève sostiene que el ser humano debe probar su humanidad mediante la autonegación: abrazando el riesgo de muerte y confrontándose nietzscheanamente con el peligro. Vivire pericolosamente! Debido a la nada que llevan en su interior, sostiene, los humanos carecen de identidad; la identidad es propia de los animales no humanos. Tratándose de una carencia universal, Kojève está convencido de que la historia humana concluirá con el establecimiento de un Estado homogéneo y universal en el que se reconocerá la identidad de todos sin excepción. Ya se ve aquí que el fin de la Historia de Fukuyama tiene poco que ver con el de Kojève; a la vista de los proyectos monistas que siguen afirmándose en la vida pública, de los posliberales a los nacionalconservadores o los populistas de izquierda, es Kojève quien conserva mayor actualidad.
Si el cristianismo aguarda el Juicio Final y Marx entiende la........
