Tres reflexiones sobre la barbarie: ayer y hoy
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“No hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie.” Esta sentencia incendiaria, escrita por Walter Benjamin durante la última primavera de su vida, se ha convertido en un adagio canónico de la modernidad. Benjamin llevaba dos décadas trabajando en estas reflexiones y había decidido no publicarlas porque provocarían un “entusiasta malentendido”, pero cuando terminó el borrador de “Sobre el concepto de historia”, en el que aparecía esa frase trascendental, la historia ya estaba validando su especulación apocalíptica con un escenario apocalíptico. Las tropas nazis marchaban rumbo a París, donde Benjamin vivía en circunstancias cada vez más desesperadas. Solo tenía que leer el periódico para entender que todos los términos intermedios entre cultura y barbarie estaban desapareciendo. En la primavera de 1940, en París, la confianza de la civilización recibió un golpe mortal. La frase de Benjamin sobre los documentos históricos era también una frase sobre las experiencias personales. Leída de manera autobiográfica, su coincidencia de los opuestos se alza como una de las afirmaciones más poderosas de la literatura de la desilusión. El descubrimiento de que los méritos que la modernidad se atribuía a sí misma eran exagerados e incluso falsos, de que la barbarie perseveraba en las regiones de la razón, de que la ilustración no había disipado el mal: todo esto fue expresado tanto por la lúgubre frase de Benjamin como por la morfina que había en su bolsillo.
Pero el comentario de Benjamin era algo más que la expresión de un momento y un estado de ánimo. Era una afirmación sobre la historia, una interpretación de la historia. Iba más allá de situaciones históricas contingentes para llegar a una asociación más profunda y duradera entre civilización y su opuesto. En la desoladora versión de Benjamin, la barbarie no era, de ninguna manera, el opuesto de la civilización. Era su gemela o su sombra o su condición. La relación entre civilización y barbarie no era una contradicción sino una ironía, quizás incluso una dialéctica; un tipo de relación de acompañamiento permanente, de complementariedad, tan fuerte que podría equivaler a una vinculación. ¡Sin barbarie no hay civilización!
En cierto sentido, semejante premisa no tiene nada de alarmante. Tan solo intenta sacar a los devotos de la cultura del error de tener una imagen edulcorada del objeto de su adoración, de profesar una reverencia sentimental a la cultura que la confunde con todo lo que es significativo en las relaciones humanas y que oscurece o niega las dimensiones menos nobles de existencia individual y social. Contra los hierofantes de la cultura, el correctivo de Benjamin tiene un efecto fortalecedor. El ideal es peligroso cuando se confunde con lo real, en tanto que el trabajo del verdadero idealista es marcar la distancia entre el ideal y lo real. Si solo queremos saber acerca de la civilización, ponemos la civilización en peligro. Cuanto más completa y sensata sea nuestra comprensión de la actualidad, más seremos capaces de proteger y preservar lo que valoramos de ella.
Hasta aquí Benjamin recomendaba lo que Rebecca West había descrito algunos años antes como “una mente que no se deja sorprender”, pero tenía un programa filosófico más ambicioso. Buscaba invalidar el “historicismo” en nombre del “materialismo histórico”. Por historicismo se refería a la historia escrita desde la cima, desde la posición de los ganadores. “Si se plantea la pregunta de con quién empatiza, propiamente hablando, el historiógrafo del historicismo, la respuesta suena, indefectible: empatiza con el vencedor. Pero los poderosos son los herederos de los que siempre han vencido. La empatía con los vencedores siempre beneficia por consiguiente a los poderosos. Con lo cual, en lo que hace al materialista histórico, ya se ha dicho bastante. Quien quiera que, por tanto, hasta este día haya conseguido la victoria marcha en el cortejo triunfal en que los que hoy son poderosos pasan por encima de esos otros que hoy yacen en el suelo” [Obras, libro i/volumen 2, traducción de Alfredo Brotons Muñoz, Abada, 2008]. Parecería aquí que el replanteamiento que propone Benjamin de las relaciones entre barbarie y civilización es de propósito moral, un intento por rescatar la dignidad de los vencidos. Así que uno debe hacer una pausa para una complicación inconveniente y señalar que el mismo triunfalismo asesino que Benjamin denuncia, la misma interferencia totalitaria con la verdad histórica, acompañaba a los tiranos que gobernaron en nombre del materialismo histórico. Y más aún, hacia 1940, Benjamin podría haber sabido esto. Su amigo Arthur Koestler, quien también cargaba consigo veneno para salvarse de Hitler, y que le dio a Benjamin el veneno con el que finalmente evadió un destino similar, ya era consciente de que el materialismo histórico era tan solo la más reciente etapa de la interminable crueldad que Benjamin describió como historicismo. (Cuando Benjamin escribió la frase aún se encontraba bajo el hechizo del repugnante Brecht y comenzó su ensayo con un epígrafe de La ópera de cuatro cuartos.)
Benjamin continúa desarrollando su alegoría militarista de los orígenes de la cultura, su metáfora del desfile triunfal. “Así, tal como siempre fue costumbre, el botín es arrastrado en medio del desfile del triunfo. Y lo llaman bienes culturales. Estos han de contar en el materialismo histórico con un observador ya distanciado. Pues eso que de bienes culturales puede abarcar con la mirada es para él sin excepción de una procedencia en la cual no puede pensar sin horror. Su existencia la deben no ya solo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también, a la vez, a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie.” Como todas las declaraciones materialistas, esta tiene un objetivo nivelador. Arranca a la civilización de las nubes y la echa por tierra, donde queda postrada y se puede pisotear. Lo que la pisotea es el dogma de que los “bienes........
