menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Hágase la luz…

23 0
12.09.2026

Por Mariano Palazzo. Septiembre, 2026

Con esta frase del Génesis comienzo mi escrito de septiembre porque todos hemos aprendido, y sabemos, que la luz es cosa buena, que nos separa de las tinieblas ¡que el mismo Dante peregrino! cuando sube la cuesta del monte divino lo hacía con la ayuda de la luz del día, mientras que, en la noche, en medio de la oscuridad, se cobijaba a descansar y a protegerse del mal.

Biblia y Divina Comedia aquí se conjugan en un mismo mensaje: Lo estableció Dios desde los cielos en la creación, lo dibujó el poeta Sordello en el suelo, tal y como está narrado en el séptimo canto, cuando pasó un dedo por la tierra de las primeras terrazas de la montaña del purgatorio diciendo: que ni siquiera esa raya se podría atravesar tras la puesta del sol, y no porque otra cosa impidiera subir el monte más que las tinieblas. La oscuridad que nos vuelve impotentes, que amedrenta nuestros deseos.

Lo proclamó Jesús cuando, en el evangelio según Juan, afirma que: Él es la luz del mundo y el que lo siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Palabra de Dios y Poema Sacro se juntan en un único mensaje donde todo se juega en el binomio luz-tiniebla; De hecho, afirma Franco Nembrini, el autor medioeval nos recuerda que el punto de partida es que estamos todos ciegos, por lo que nuestro problema es la luz.

Y vaya que nuestro problema es la luz, o mejor dicho nuestro gran problema ¡es! la electricidad. Nuestro mundo actual funciona con electricidad: desde las computadoras hasta las freidoras de aire, las cocinas, los televisores, nuestros teléfonos y aires acondicionados y ahora hasta los carros, así como la iluminación de nuestras casas, calles, comercios, aeropuertos, etcétera, etcétera, ¡etcétera!… hoy día la tecnología eléctrica representa la columna vertebral de los tiempos que estamos viviendo, definida como la Edad de la Electricidad (EE) por el místico de la Aldea Electrónica, el canadiense Herbert Marshall McLuhan también conocido como el más hippie entre los académicos y el más académico entre los hippies; La EE se superpone y sobreviene a la Edad de la Mecanización, así como, en su momento, la raza humana lo experimentó cuando de la Edad de Piedra pasó a la Edad de los Metales.

Cuenta Nelson Bocaranda en su cuenta Instagram que: En 1973 estando yo como director de la Oficina de Turismo e Información de Venezuela en Nueva York me contactó mi buena amiga, periodista y profesora de la UCV, Margarita D’Amico, para que la ayudara a conseguir una entrevista en Toronto-Canadá́ con el profesor Marshall McLuhan, quien ya destacaba globalmente como el “gurú́ de la comunicación”. Fue así́ que pasamos un fin de semana en la casa de McLuhan gracias a su sorprendente amabilidad y sencillez y la de su señora esposa Corinne. El Profesor de la Universidad de Toronto siempre tenía a su lado al profesor y asistente suyo Barrington Nevitt quien iba registrando en un cuaderno todas las novedosas ideas que él lanzaba y que luego plasmarían en sus libros. Lo invitamos a visitar Caracas y lo hizo en 1976 cuando dictó varias conferencias en la UCV. Su frase más conocida es “El medio es el mensaje” que significa que “la forma de un medio se incrusta en cualquier mensaje que transmita o transporte, creando una relación simbiótica en la que el medio influye en cómo se percibe el mensaje”. Su concepto de “aldea global” dio origen al de globalización, término que definió́ la actual sociedad de la información. Hoy, en Toronto funciona el McLuhan Centre for Culture and Technology.

Desde el principio de los tiempos, nuestro planeta tierra, esta pequeña esfera que nos hace tanto feroces, deambula por el infinito universo; colocada milagrosamente a la distancia exacta para que el Astro Rey irradie correctamente, con sus poderosos rayos, toda la superficie terrestre, contribuyendo a la posibilidad de que aquí se desarrolle vida y, nosotros, seres humanos, que aparecimos en los últimos dos minutos antes de la medianoche (esto si pudiésemos concentrar los 4540 millones de años de historia de la Tierra en un solo día de veinticuatro horas), somos una infinitésima parte de esta biósfera que habita el tercer planeta, luego de Marte y Venus, en su transitar por el camino de la leche alrededor del Sol.

Nuestra increíble nave espacial gira sobre su eje, alternando luz y tinieblas, en una rotación que dura veinticuatro horas y cumple, igual y simultáneamente, un ciclo de traslación de 365 días orbitando alrededor de la estrella que domina la galaxia que nos cobija, donde compartimos espacio con otras doscientas, o quizás, cuatrocientas millones de estrellas más, que pueblan la Vía Láctea, estudiada por primera vez con un telescopio por Galileo Galilei, hace poco más de cuatrocientos años, constatando que esta banda de luz que atraviesa el firmamento y cuyo nombre fue inspirado en la leche derramada por la diosa Hera, era en realidad un masivo conglomerado de estrellas.

Recuerdo la emoción que sentí en el 2013 cuando en un viaje familiar realizado a Colombia, durante nuestra estadía en la capital, visitamos el Planetario de Bogotá donde pudimos observar una réplica de este revolucionario aparato utilizado para sus observaciones interestelares, en 1609, por el científico toscano, además de vivir la maravilla de sentirnos por un momento vagando como perdidos en el espacio. También Caracas cuenta con un planetario y es una deuda acumulada que tengo: la de ir a visitarlo, para conocer más de esas estrellas que el mismo Dante siempre nos invita a ver, empezando por Helios que rige todo lo que sucede en el sistema solar, por lo que no es de extrañar que decenas de culturas a lo largo y ancho de nuestro planeta y desde siempre, la hayan considerado como una divinidad.

El Sol, además de establecer las condiciones para la vida, ha determinado desde su génesis, los ritmos y ciclos de subsistencia, y para nosotros, como parte de esta biodiversidad que puebla el planeta, no somos ni hemos sido la excepción. De hecho, hace 2,8 millones de años apareció el género Homo; siendo el H. sapiens, el último eslabón evolutivo de esa rama, la especie a la cual pertenecemos, bautizados así por el naturalista sueco Carlos Linneo y que al traducirlo del latín sería algo así como: aquel hombre sabio o capaz de conocer.

Según el último registro fósil encontrado en Marruecos, fuimos vistos deambular por primera vez, hace más de trescientos mil años, por los lados de África; a partir de allí toda nuestra historia escrita y la civilización moderna ocurren en la fracción del último segundo de un día de veinticuatro horas. En todo caso, nuestros antepasados vivían al ritmo de amaneceres, insolaciones, atardeceres y penumbras, siguiendo los ciclos estacionales que definían el invierno, la primavera, el verano y el otoño, las épocas de lluvia y de sequía. Todo esto determinado por la intensidad de luz que irradiaba sobre la tierra en aquellos tiempos, al igual que ocurre hoy en día en los nuestros.

¿Pero cuando fue que sustituimos, para realizar nuestra cotidianidad, la luz natural por la artificial? Según el historiador cultural alemán Wolfgang Schivelbusch, en su obra: La noche artificial, todo se debe al fuego, ya que este transformó radicalmente el desempeño del ser humano. Una de las tantas revoluciones que generó el hecho de que los homínidos en la tierra descubrieran como hacer y dominar la llama, está aquella que permitió romper la barrera de la oscuridad. Un hecho trascendental ya que permitió extender la jornada diaria de actividad, por lo que de esta manera, la fogata nocturna se convirtió en el primer espacio de congregación social, al punto que el autor asegura que fue allí donde nació el lenguaje, los mitos y la transmisión de tradiciones; recordando además que, no fue sino hasta hace algo más de cien años, cuando la flama abierta dejó de ser el único medio de iluminación conocido, dando paso a la difusión de la luz eléctrica que marcó un antes y un después de nuestra existencia sobre el planeta.

Uno de los principales responsables de este prodigio fue el mago de Menlo Park, nacido en Milán, estado de Ohio en los Estados Unidos de América, Thomas Alva Edison, a quien se le considera el inventor de la luz eléctrica, cuando en 1879 desarrolló la bombilla y tres años después la central eléctrica. Sin olvidar por........

© La Voce d'Italia