Por Marcelo Mena, ex ministro de Medio Ambiente.

Este año el hemisferio norte está viviendo uno de sus años más cálidos, con olas de calor que amenazan directamente la salud de las personas más vulnerables. En días de temperaturas extremas las personas mayores y enfermedades cardiovasculares mueren con mayor frecuencia. Miles de personas. También se reducen las horas disponibles para llevar a cabo labores en el exterior. La OIT estima que al 2030 se perderán el equivalente a 80 millones de empleos en la construcción o agricultura, porque simplemente es peligroso salir a trabajar con temperaturas sobre 35 grados.

Al mismo tiempo Europa se encuentra en medio de una crisis energética por causa de que el mayor productor de combustibles fósiles de mundo, Rusia, ha instrumentalizado la dependencia energética del continente en el contexto de una guerra injusta y cruel. Los efectos van más allá de lo energético. La dependencia a los fósiles del sistema alimentario ha llevado a precios récords de fertilizantes, que afecta los precios de hoy y para años venideros. Este año el índice de Precios de Alimentos de la FAO llegó a su valor más alto en la historia, rompiendo los valores logrados en plena Primavera Árabe.

Tenemos un sistema energético y de alimentos que no es compatible con un clima seguro, con la salud de las personas. Tampoco es compatible con la estabilidad económica y social. La solución es una transición de menores emisiones, invirtiendo en resiliencia del sistema económico a shocks climáticos. Ante el alza de precio de combustibles es necesario hacer ajustes, incentivar la eficiencia, la electromovilidad. Subsidiar los combustibles en este escenario es “atar a los perros con longanizas”. Lo importante es apuntar a un futuro renovable que brinde independencia energética a los países. En Chile las ERNC han superado los 12.5GW en capacidad instalada, llegando a contribuir cerca de un tercio de la energía que se ha consumido en Chile este año. El sector está atento a regulaciones que permitan gatillar una inversión equivalente para reemplazar las termoeléctricas a carbón a un precio más accesible que el sistema actual, pero también son una solución para volver al pasado. Hace más de 100 años el proceso Haber-Bosch cambió para siempre el futuro de Chile al hacer innecesario el salitre del norte, pues era posible obtener fertilizantes en forma química. Usando gas natural, mayoritariamente. Hoy su alto precio hace pensar que el hidrógeno verde, generado con energías renovables en Chile, podría usarse para generar fertilizantes a base de renovables.

El sistema alimentario también debe ser repensado. Hoy la producción agrícola es la principal presión para la biodiversidad y eso nos hace más vulnerables a enfermedades zoonóticas que causan pandemias como la seguimos enfrentando. Perdemos casi un tercio de todo lo que producimos y esos residuos al descomponerse en rellenos sanitarios generan metano, un gas contaminante que ha contribuido a casi la mitad del calentamiento que hemos vivido en estas últimas décadas. Cada kg de residuo orgánico genera casi 3 veces su peso en emisiones de CO2, una intensidad de emisiones muy por sobre el cobre y el cemento. Además, hemos decidido tirar a la basura nutrientes que podrían ser utilizados para una verdadera economía circular.

Chile no se ha quedado de brazos cruzados. Ha entendido la ventaja comparativa de lo que podría traer la economía del hidrógeno, centrada en las renovables. Casi la totalidad de los proyectos energéticos en carpeta son renovables y ya hemos iniciado la construcción de plantas de hidrógeno verde, tanto en el norte, como en Magallanes. Sin embargo, sólo recientemente, y sin mucha publicidad el gobierno hizo dos importantes anuncios en los últimos meses. El primero es que Chile es el primer país en proponer una prohibición gradual de residuos orgánicos en rellenos sanitarios. Las soluciones circulares de compostaje, digestión anaerobia son mucho más sustentables que rellenos que fugan casi la mitad del metano que generan. De hecho, son las fuentes puntuales más grandes del mundo, detectadas por satélites incluso. Junto a Brasil fueron los primeros países en aprobar el uso de inhibidores de la producción de metano en la producción de leche y carne, y tiene todo el potencial de producir los primeros productos de carne y lácteos de menores emisiones de la región. También el presidente Boric ha anunciado la primera cumbre que junte a ministros de agricultura y medio ambiente para enfrentar las emisiones del sistema alimentario, que contribuye a más de 60% de las emisiones de metano global.

El camino es claro. Podemos enfrentar la crisis alimentaria y energética con medidas que sólo traerán crisis más agudas en el futuro, o aprovechamos la oportunidad de volcar nuestra producción a la resiliencia, sustentabilidad y la estabilidad económica. El camino está claro para la mayor prosperidad y bienestar de los chilenos y el planeta.

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La estabilidad económica de la acción climática

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29.07.2022

Por Marcelo Mena, ex ministro de Medio Ambiente.

Este año el hemisferio norte está viviendo uno de sus años más cálidos, con olas de calor que amenazan directamente la salud de las personas más vulnerables. En días de temperaturas extremas las personas mayores y enfermedades cardiovasculares mueren con mayor frecuencia. Miles de personas. También se reducen las horas disponibles para llevar a cabo labores en el exterior. La OIT estima que al 2030 se perderán el equivalente a 80 millones de empleos en la construcción o agricultura, porque simplemente es peligroso salir a trabajar con temperaturas sobre 35 grados.

Al mismo tiempo Europa se encuentra en medio de una crisis energética por causa de que el mayor productor de combustibles fósiles de mundo, Rusia, ha instrumentalizado la dependencia energética del continente en el contexto de una guerra injusta y cruel. Los efectos van más allá de lo energético. La dependencia a los fósiles del sistema alimentario ha llevado a precios récords de fertilizantes, que afecta los precios de hoy y para años venideros. Este año el índice de Precios de Alimentos de la FAO llegó a su valor más alto en la historia, rompiendo los valores logrados en plena Primavera Árabe.

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