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El adiós del emperador cósmico

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28.03.2026

Tal era la soberbia del emperador, dice el cuento, que cuando le fabricaron un vestido invisible todos los cortesanos admiraron la indumentaria hasta que un niño tuvo la osadía de decir lo que nadie se atrevía: que el emperador estaba desnudo. 

Ese es Petro, quien, alabado por sus sicofantes, camina empeloto por los pasillos del poder. Embriagado por su propia autocomplacencia, creyendo que el mundo le ha quedado pequeño y que su verdadera vocación es la del liderazgo cósmico. El tutor de la galaxia, el hombre que llevó la sabiduría a las estrellas lejanas del universo. 

Le sirve en su fantasía que tiene algo más del 40% de popularidad, efímera como todas popularidades, pero lo suficientemente alta para que carcoma la racionalidad de una persona cuyo ego siempre fue desproporcionado. Seremos nosotros, los colombianos, quienes pagaremos el delirio.

El daño lo seguirá haciendo hasta el último día. Petro, como un Führer tropical ordenará la destrucción de todo lo que pueda: la tierra arrasada al mundo que nunca pudo cambiar. Nos tocará a los sobrevivientes recoger los pedazos de la devastación. Que es como quedarán las finanzas públicas, la salud, las fuerzas militares, el sistema energético, la infraestructura educativa, los servicios públicos y la seguridad de los ciudadanos.

Después de mí el diluvio decía Luis XIV y el presidente, quien puede que no tenga la grandeza del rey sol, pero si tiene sus ínfulas, ni siquiera parece estar pensando en su sucesor. Aquel bolchevique de cafetería que sus cómplices impulsan con la fina mano del prevaricato. Así llegará el ungido, esperan. El apparatchick que tiene la voz dulzona y siniestra como la de Trotski y la frialdad de un Stalin. El heredero de la combinación de todas las formas de lucha. El papá de la criminal Paz Total. El Pol Pot de Parkway.

Volviendo al emperador desnudo –o el emperador cósmico, escojan– su legado son las ruinas. Esos sicofantes que lo alaban no lo ven así, por supuesto. Ven más bien a quien revindicó a los olvidados del olvido. Al presidente de los nadies, después de doscientos años de indolencia. Por fin los pardos y los indios tienen su lugar en el panteón de la República. Embajadoras wayuu, ministros de género indefinido, afros en las juntas directivas de los bancos estatales.

Pero eso, por supuesto, es una falacia. En un país sin oligarquías –sí, así como lo oyen, porque poco existieron en este el más republicano de los países republicanos de la América Latina, así sean fundacionales en la mitología del petrismo– el sincretismo de las élites siempre ha sido mayor de lo que se podría esperar. Los Santos de Monguí, los Pastranas de Neiva y los López de Honda también fueron los nadies de su momento.

Hay algo conmovedor en la insistencia de la narrativa oficial sobre las bondades inéditas del mandato que está por terminar. Porque tiene algo de esquizofrenia. Los resultados son magros: ni la reforma pensional (en vilo constitucional), ni la laboral (marginal), ni la reforma agraria (anacrónica), ni el aumento demagógico del salario mínimo disfrazado de justicia social equivalen a gran cosa. La explicación del fracaso, sin embargo, es lo que llama atención. Invocan impotencia ante las fuerzas ocultas del sistema mientras blanden omnipotentes lo que les ha dado por llamar el “poder constituyente” (que no es otra cosa que ellos mismos dándose excusas para pasarse por la faja el estado de derecho). En esto son víctimas y verdugos al mismo tiempo. No puedo –parecen decir– porque no me dejan, pero si quiero hago lo que me da la gana.

La propaganda gubernamental –escupida con fuerza a través de los medios públicos y de una batería de sicarios digitales que ahora cuentan con el apoyo de, en otrora, reputables oenegés– se soporta en la relativamente alta popularidad presidencial, siendo relativamente la palabra clave. La buena imagen del presidente entre algo menos de la mitad de la población no es para lanzar cohetes y, sin embargo, el naciente culto a la personalidad que intentan impulsar parece ignorar este pequeño detalle. Para efectos estadísticos –y son datos de las ultimas encuestas– la popularidad de Petro es igual a la del alcalde Galán, siendo mucho menor que la de Uribe en la finalización de cualquiera de sus dos mandatos.

Tal vez hay cierta ilusión óptica que distorsiona la visión. Porque la alta popularidad presidencial se ve alta precisamente porque el gobierno ha sido tan malo. Mientras que Santos, para poner un ejemplo, tuvo el quiebre de su popularidad en 2012, cayendo del 50% a la mitad cuando pronunció la desafortunada frase “el tal paro no existe” y nunca se recuperó, Petro, en cambio, puede decir cuanta barbaridad se le ocurre y nada parece afectarlo.

Quisiera uno que la indiferencia de la opinión popular sobre el primer mandatario fuera solo un tema de retórica. Decir fantocherías en un consejo de ministros o en su cuenta de X no lo afecta, eso es claro. Hasta le puede servir: la ramplonería es un signo de los tiempos, como lo confirma todos los días el presidente de los Estados Unidos.

No obstante, está por verse si ese teflón aguanta las revelaciones de corrupción a gran escala. Cada vez es más evidente que escándalos como el de la UNGRD son más la regla que la excepción en esta administración. Llegará un punto en la cual las estrategias de manejo del problema serán insuficientes. Pronto nadie creerá que el desfalco sistemático del erario ha sido a las espaldas del presidente, o un simple desliz de un compañero obnubilado por Mammón. Basta ver a la doctora Angela María Robledo, quien pasó de portaestandarte mockusiano a defensora oficiosa del saqueo de Ecopetrol, para saber que todo ha sido un performance hipócrita donde el robo es tolerable dependiendo del perpetrador. 

A final la respuesta del acertijo no estará en quien se vaya o no a la cárcel –se pregunta uno si un gobierno cualquiera hubiera resistido con sus dos principales ministros y el secretario general de la Presidencia presos o fugados por sobornar al Congreso– sino en la economía. It´s always the economy, stupid, como dicen los gringos. La bondad de los mercados internacionales ha servido para que a Petro le suene la flauta, pero esto probablemente cambie dentro de poco. La carreta progre sobre inclusión y bla, bla, bla, dura hasta que la inflación y el desempleo llegan a dos dígitos. 

Quizás el niño que se ríe de la desnudez del emperador lo hará ahora en las elecciones venideras. Ellos, los petristas, ensoberbecidos como están del poder del verbo y de la chequera pública no pueden sino estar convencidos de la continuidad. Ojalá se lleven una sorpresa. Todavía no se puede perder la esperanza en el sentido común, en la decencia, en la simple idea de la racionalidad democrática. Sacar a Petro y a sus compinches del poder en este 2026 marcaría nuestra mayoría de edad como Nación. 


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