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Decoración política de interiores: la cultura en la Casa Valencia

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17.05.2026

Antes de que pensemos en la imagen, el arte ha ido y vuelto. Cada persona le da sentido a esa percepción. Lo que sigue es actividad mental y elaboración social: interpretación, relato, memoria, tradición, archivo, comunidad, decoración, pensamiento, negocio, en una palabra: cultura.

Cuando vemos una imagen colgada en una pared —más allá del barrido de nuestra inercia visual— ¿qué vemos? Todo. Todo lo vemos. Detenerse en ese reverso del decorado es un ejercicio de crítica. Hoy, esa actividad ociosa nos lleva por apartamentos que, mirados como conjunto residencial, permiten ver ciertas pautas de decoración que rigen la construcción política de algunas derechas contemporáneas, en especial, de la arquitectura del poder en Colombia.

La plácida tarde en que Paloma Valencia confirmó a Daniel Oviedo como su fórmula presidencial, el encuentro fue filmado con calculada informalidad: un plano secuencia en el apartamento de la candidata. Timbran, abren la puerta, aparece Oviedo con gafas, cartera y pinta de rockerito manso con guayabo sabatino. Valencia dice “¡Bienvenido señor vicepresidente!”, “¡Lo maximo!”, responde él. Choquecito de palmas en el aire, bótox político ante la cámara: abrazos, sonrisas y cordialidad en alta dosis para templar las arrugas de las diferencias y alisar los pliegues de cualquier relato, atributo o pugna histórica que marque diferencia con ese proyecto político al extremo de la derecha.

A la espalda de ambos, el encuadre capturó una gran pintura al estilo inconfundible de la franquicia del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. La pieza corresponde a La Edad de la Ira, su segunda gran serie, iniciada en 1962, que el artista declaró inconclusa pues la violencia es continua y su alegato visual contra la tortura y la injusticia social, que comenzaba con la Guerra Civil Española, los campos nazis, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, se extendió a las dictaduras latinoamericanas. Guayasamín coincidía con lo que Martin Luther King Jr. escribió desde la cárcel de Birmingham en 1963: ”La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes”. Una frase tipo:  “Primero en Gaza, luego en tu casa”.

El original o la copia del Guayasamín de la Casa Valencia colgaba sin vidrio protector, enmarcado toscamente en negro con un borde grueso, barato, genérico, expuesto al tráfico constante de entradas y salidas del recibidor. ¿Qué habrá pensado Paloma Valencia al colgar ese retrato de rasgos indígenas a la entrada de su hogar? 

Nieta del presidente Guillermo León Valencia —quien durante décadas persiguió a comunidades indígenas y celebró los encarcelamientos de su líder Manuel Quintín Lame—  Paloma Valencia, en 2015, junto al líder de su partido, propuso un referendo para partir el Cauca en dos: uno donde los indígenas pudieran “hacer sus paros y sus invasiones”, y otro “con vocación de desarrollo”. Esa misma mujer posa ahora junto a una obra concebida para denunciar, desde el rostro indígena de una víctima, la tragedia que engendra precisamente el tipo de violencia estatal que ella minimiza y, en ocasiones, niega abiertamente. 

Ese rostro que domina la composición de la pintura de tonos oscuros —ojos oprimidos que miran a media luz hacia arriba, una mano enorme cubriendo la boca, el mutismo como hambre de pan o de palabra— no parece rozar el juicio político de Valencia. En su casa la candidata presidencial la exhibe con desparpajo, sin que la exposición prolongada a esa imagen parezca alterar un sesgo político para el que todos somos iguales, pero hay unas personas más iguales que otras y, en consecuencia, unas víctimas más víctimas que otras.

La campaña de Valencia abraza abiertamente el negacionismo frente al genocidio contra la población civil en Gaza, Palestina y el Líbano, promete restablecer relaciones con Israel como primer acto de gobierno, celebra los bombardeos en la guerra de Estados Unidos contra Irán y, por extensión, niega o celebra otros genocidios, incluido nuestro trauma primario: el genocidio europeo contra las poblaciones originarias de lo que hoy llamamos América. Guayasamín pintó para que no se pudiera mirar sin sentir.

La pintura........

© La Silla Vacía