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Transición a la catástrofe, por José Rodríguez Elizondo

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15.03.2026

En la Segunda Guerra Mundial, Japón solo se rindió tras el impacto de la segunda bomba atómica lanzada sobre Nagasaki. Fue la secuela de un dramático debate interno, en los EE. UU., entre científicos, políticos y militares. Unos planteaban disuadir informativamente a los japoneses para negociar su rendición y otros planteaban lanzar primero la bomba sobre Hiroshima y después negociar la rendición, pues los japoneses eran irreductibles.

Ochenta años después, los EE. UU. ya no tienen el monopolio ni el duopolio (con la ex Unión Soviética) del poder nuclear. Hoy son nueve las potencias que se sabe lo tienen y se sospecha que hay más. Son demasiadas para un consenso y esto cambió los niveles de sensatez de la Guerra Fría expresados en la fórmula MAD (Destrucción Mutua Asegurada). Por eso, en lugar de negociar para disuadir a un enemigo irreductible y así evitar el flagelo de una guerra, en el club nuclear ha emergido la tendencia a disuadir antes de negociar, aunque eso catalice el apocalipsis. Así pasamos del equilibrio del terror al terror desequilibrado, con Donald Trump como actor principal.  

TRANSICIÓN A LA INSEGURIDAD. En versión maximalista, la estrategia de Trump contiene una transición de los EE. UU. hacia la hegemonía planetaria unilateral. Esto le garantizaría una seguridad absoluta, incluso mediante conquistas territoriales.

Sin embargo, las élites intelectuales norteamericanas saben, desde los tiempos de Kissinger y este desde los tiempos de Metternich, que “la seguridad absoluta para un país es la inseguridad absoluta para todos los demás”. En algún momento los Estados afectados unirán fuerzas para defenderse y/o contraatacar.

Desde Europa esto fue glosado por el francés Claude Julien, para quien el objetivo de superioridad militar y económica absoluta de los Estados Unidos “se condena, sin duda alguna, a los peores enfrentamientos”. Por lo demás, la realidad de la Guerra Fría ya lo había confirmado.........

© La República