Saquemos el sentido común del museo
Hubo un tiempo -qué ingenuidad la nuestra- en que ser normal no tenía mérito. Era, sencillamente, lo natural. Uno podía pensar lo que quisiera, decirlo, discrepar del vecino y tomarse un café con él al día siguiente. Nadie necesitaba un manual de instrucciones para conversar ni un comité de expertos para decidir si una frase podía resultar ofensiva.
Pero hemos progresado. Y mucho. Tanto, que ser normal empieza a resultar sospechoso. Hoy, decir que crees en la familia tradicional puede convertirte en un fósil. Defender que los niños necesitan límites despierta sospechas de autoritarismo. Afirmar que una opinión es una tontería puede ser considerado una agresión. Y decir tranquilamente “no estoy de acuerdo” parece haberse convertido en una peligrosa declaración de principios. Hemos llegado a una conclusión extraordinaria: como todos somos iguales ante la ley, aparentemente también debemos ser iguales ante la razón.
Y no. Una democracia sana no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos capaces de pensar diferente sin convertirse por ello en enemigos. La libertad de pensamiento tiene un defecto imperdonable: permite pensar cosas diferentes. Así que hemos perfeccionado el sistema. Ya no basta con tener una opinión. Hay que tener la opinión correcta, expresarla con las........
