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Los almendros en flor

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31.07.2026

El pregonero de la Semana Santa de Málaga 2026, Ignacio Castillo en el Teatro Cervantes. / Álex Zea / LMA

Hay personas que pasan por nuestra vida como si tal cosa. Y hay otras que, sin darnos cuenta, terminan formando parte de ella. Que llegan en un momento determinado y que, con el paso de los años, dejan de ser simplemente amigos para convertirse en parte de nuestra propia historia. Personas que aparecen asociadas a lugares, a imágenes, a conversaciones, a risas, a proyectos y también a esos silencios que solamente se comparten con quienes realmente nos conocen.

Así fue Ignacio Castillo. Así es Ignacio, nuestro Ignacio.

Lo conocí en 1996, durante aquellas retransmisiones de Semana Santa que realizábamos para el programa de Rafael Acejo. Han pasado treinta años y parece increíble mirar atrás y comprobar todo lo que hemos vivido juntos: conversaciones interminables, viajes, proyectos, hermandades, ilusiones, discusiones, desencuentros y reconciliaciones. Y es que una amistad verdadera no está hecha solamente de momentos perfectos.

Ignacio era un hombre de espíritu agustino. Él mismo lo decía con una solemnidad tal que a veces nos provocaba una risa disimulada, porque parecía estar hablando desde otra época. Hasta en nuestros desencuentros se le notaba esa impronta. Todavía guardo un mensaje que me escribió en uno de esos enfados, citando a su admirado Santo para darme lección: «Mejor es caminar cojeando por el camino que avanzar a pasos agigantados fuera de él». Y yo le respondía desde la pura verdad de la amistad: «Pero Ignacio, si yo a veces tampoco puedo tirar de mi cuerpo...». Así era nuestra relación: él citando la teología como un académico de otra época y yo bajándolo a la tierra con la sencillez del día a día.

En todo hacía alarde de profundas convicciones, de una enorme capacidad para emocionarse y de una manera muy particular de entender la vida. En él convivían el periodista reflexivo y el cofrade apasionado; el hombre serio y la persona capaz de hacerte reír con su ironía y su sarcasmo; la ternura de un padre enamorado de su hija y el carácter fuerte de quien defendía sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Porque Ignacio no era perfecto. Ni él, ni yo, ni nadie.

Y precisamente por eso era Ignacio.

Era cabezón. Sí, con tilde en la o. A veces quería tener razón incluso cuando quizá no la tenía. En ocasiones vivía los conflictos demasiado intensamente y algún pequeño rencor se quedaba guardado más tiempo del necesario. Pero incluso eso, que muchos catalogaban de defecto, formaba parte de........

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