La gloria de los nazarenos
Nazarenos de la Humildad. / Álex Zea
Cuando ya está aquí la primavera, cuando la luz empieza a cambiar y el aire está borracho de azahar, comienza también un tiempo silencioso y profundo para las hermandades: el tiempo de la gloria de los nazarenos.
Ser nazareno es mucho más que vestir una túnica y un capirote. Es un gesto de fe y de pertenencia. Es caminar junto a la imagen que durante todo el año ocupa nuestros rezos, nuestros recuerdos y nuestras promesas. Es acompañar a Cristo o a su Santísima Madre por las calles, no como espectadores, sino como parte viva de la estación de penitencia.
El nazareno, en realidad, se vuelve invisible. Bajo el capirote desaparecen los nombres, las profesiones, las edades y las diferencias. Todos somos iguales. Todos formamos parte de una misma oración que avanza lentamente por la ciudad. En esa invisibilidad hay algo profundamente evangélico: el anonimato del que camina junto a Cristo sin buscar reconocimiento.
Sin embargo, esa mística se rompe cuando olvidamos que la túnica tiene una liturgia propia. La túnica no es un disfraz, ni un atuendo de cortesía que uno pueda lucir a medias por la calle. Es, en esencia, una suerte de sotana que nos iguala con la que llevaba Jesús camino del Calvario. Por eso, produce una profunda grima y desolación cruzarse en el autobús o por las aceras con quien camina hacia la salida con el capirote bajo el brazo, tratándolo como un simple accesorio.
Resulta incomprensible que incluso en paneles de anuncios públicos, como los de la EMT, se normalice esta imagen de abandono de las formas: el nazareno con el capirote en la mano yéndose a la Hermandad. ¿En qué momento permitimos que lo sagrado se volviera cotidiano de una forma tan burda? Si le quitamos a la túnica su carga simbólica, si aceptamos como algo normal que sitúen como espectadores en las sillas de la calle Larios para ver pasar otras cofradías, estamos matando la verdad de la estación de penitencia. La túnica no se exhibe; la túnica se habita en la intimidad, y el misterio solo empieza cuando el rostro desaparece para que solo quede el del Señor.
Todos somos culpables de esta deriva y todos tenemos la obligación de devolver a la Semana Santa su lugar. En nuestra ciudad, hoy tan acostumbrada a los eventos semanales, a la fiesta constante y a la novedad, corremos el peligro de que nuestra celebración más importante y antigua —con más de quinientos años de historia— pase a ser "una más". A veces, nos sobra autocomplacencia y nos falta autocrítica. Nos molesta la comparativa con otras ciudades, pero tenemos muchísimo que aprender de ese respeto sagrado que en otros lugares se le profesa al nazareno. No podemos permitir que, bajo la máxima de que "aquí todo tiene cabida", se diluya el rigor y se banalice el rito.
La gloria de los nazarenos no es un espectáculo para el consumo rápido; es un acto de fe que exige respeto a sus formas más íntimas. Detrás de cada procesión hay meses de trabajo silencioso: formación, cultos, caridad… más el cuidado de un patrimonio que es nuestra identidad. Porque cuando la ciudad se llena de nazarenos junto a sus imágenes, lo que de verdad sostiene la tradición no es el aplauso del turista, sino el instante íntimo en el que miles de personas, ocultas bajo un capirote, mantienen viva una llama que lleva siglos encendida.
No convirtamos en disfraz lo que es auténtico y verdadero. No hagamos ordinario lo que es extraordinario.
