La profesión docente en una era reaccionaria
Una de las cuestiones que más ha definido en las últimas décadas a la escuela pública, tanto a escala nacional como europea, ha sido el mayoritario progresismo de la profesión docente. En lo que respecta a Cataluña, con una historia marcada por una concepción emancipadora de la educación y la cultura, asociada a las corrientes de renovación pedagógica y regeneracionismo político, la idea de que educación y progreso iban de la mano ha estado asociada a movimientos como el republicanismo, el socialismo o el anarquismo. Y esto ha sido así porque la escuela ha sido concebida tradicionalmente como institución igualadora, que permite el acceso al conocimiento, la ciencia y la cultura a las clases trabajadoras y a los grupos más vulnerables, a menudo en oposición a un reaccionarismo que se había caracterizado por elitizar la educación.
Esta tendencia se reforzó especialmente a partir de la ruptura histórica que implicó mayo de 1968 y, en el caso catalán, el fin del franquismo. Buena parte del profesorado, que se organizó fácilmente en las asambleas que darían lugar, a finales de la década de 1970, a sindicatos como USTEC·STEs, se sumó a esta dinámica de tendencia asamblearia, profundamente democrática, con planteamientos igualitaristas y con concepciones profundas de progreso y compromiso social.
En los últimos años, por el contrario, se está registrando un movimiento de fondo en el contexto político y social en la dirección contraria. Los signos de reaccionarización son cada vez mayores. Y, pese a la tendencia progresista del profesorado, este espacio no es ajeno a ello. Es cierto que en las últimas décadas las políticas neoliberales, del mismo modo que sucede de forma general con los servicios públicos, han iniciado una deliberada política de erosión y destrucción de la escuela pública. Que a escala europea se ha producido una involución en aspectos curriculares, metodológicos y organizativos, y sobre todo un déficit endémico de recursos humanos y materiales que han degradado la institución, han dañado su papel de igualador social y han permitido un creciente cuestionamiento de sus formas y funciones. Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo, se podía resistir a estos tiempos adversos a partir de la implicación personal y política del colectivo docente.
Aun así, empiezan a detectarse indicios de que las cosas están cambiando. Del mismo modo que asistimos a una creciente reaccionarización social, especialmente entre las generaciones más jóvenes, constatable en el comportamiento electoral, los estudios demoscópicos y las actitudes políticas y sociales, es posible que también asistamos a cambios de fondo entre los docentes.
El caso francés es uno de los más estudiados. Un estudio de la Fundación Jean Jaurès fue uno de los primeros en detectarlo. A partir de encuestas electorales, se constató que el voto electoral de los maestros y profesores franceses pasó del 2-3%% de apoyo a los partidos de ultraderecha (en su momento, el Frente Nacional de la familia Le Pen) al 7-8% en las presidenciales francesas. Y esto ha llegado hasta el 17-18% en las últimas elecciones legislativas anticipadas de junio de 2024 (aunque encuestas anteriores llegaban a proyecciones del 20%).
François Jarraud, periodista especializado en temas educativos, analizaba estas cifras en Le Club de Médiapart.[1] Considera que, fundamentalmente, el profesorado sigue siendo mayoritariamente próximo a la izquierda, aunque en los últimos años se ha registrado una evolución preocupante. Así, delimita el voto, según los sondeos previos, y si bien continúa predominando la centroizquierda (16 % de voto hacia la France Insoumise y el Partido Comunista; 8% para los ecologistas y 27% para los socialistas), las opciones de derecha son considerables (17% para el partido de Macron y 9% de los gaullistas Les Républicains), mientras que la ultraderecha, irrelevante hace década y media,........
