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Cansa y produce hartazgo la involución acelerada de los seres humanos camino de la idiotez absoluta

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14.03.2026

Cansa y produce hartazgo la involución acelerada de los seres humanos camino de la idiotez absoluta.

«Menos mal que existe la inteligencia artificial, puesto que la inteligencia humana está en peligro de extinción».

Un amigo, en un encuentro, me soltó esta aseveración. En principio me resultó chocante por su contenido y me sentí afectado en un primer momento, pero, viendo el comportamiento de las ciudadanías a lo largo del planeta Tierra, resulta inquietantemente acertada.

La inteligencia es la capacidad o facultad para entender, razonar o relacionar ideas, así como para resolver problemas, aprender de las experiencias o pensar de forma abstracta en distintos campos.

Benjamín Netanyahu asesina a más de 75 mil gazatíes, la mitad niñas y niños, y en estos mismos minutos continúa el genocidio, mientras Occidente gritaba a todo pulmón: «Israel tiene derecho a defenderse». No nos hagamos los tontos.

Se sabía cuando comenzó el genocidio en Gaza; se sabía a ciencia cierta que después vendría esto: el orden internacional destruido, la ley del más fuerte, nuevos escenarios bélicos sin justificación ni previo ataque de los atacados. Dejemos las tonterías a un lado e intentemos entender un poco qué pasa en la región de Oriente Medio.

El ataque a Irán, bombardeando una escuela de niñas, se sabía que iba a ocurrir. Donald Trump quería ir de la mano de Benjamin Netanyahu y, además, Trump dice públicamente —y presume de ello— que apoya la idea sionista del «Gran Israel».

En septiembre de 2023, Netanyahu, en la sede de las Naciones Unidas, mostró mapas y habló de la idea de cambiar todo Oriente Medio, afirmando que las consecuencias iban a ser devastadoras. Y estamos asistiendo a ese plan del Gran Israel.

A Israel no solo le interesa un cambio de régimen en Irán, como se vende en la prensa occidental, sino también la fragmentación, el debilitamiento e incluso el troceamiento de Irán, como se hizo con Yugoslavia, con un coste terrible para la población iraní y para toda la región, con consecuencias graves para Europa y violando sistemáticamente los derechos humanos y el derecho internacional.

Se estarían cometiendo crímenes masivos, como llevan afirmando los relatores de Naciones Unidas: más de dos años de crímenes de lesa humanidad y genocidio contra Gaza, ante los cuales los países europeos —como el resto del mundo— tenían la obligación de prevenir y sancionar, y no lo hicieron.

Por eso estamos hoy aquí: ¿Qué se va a hacer ahora para que mañana no estemos en un escenario aún peor?

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial». Eludió criticar el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán y pidió a los europeos que se adapten al mundo tal y como es. «Ya no podemos hacer de la preservación del sistema basado en reglas la única forma de defender nuestros intereses, ni asumir que sus reglas nos protegerán».

Aquí tenemos la respuesta de Europa: no vamos a hacer nada, nada diferente de lo que llevamos años haciendo; es decir, genuflexiones mientras se grita: «¡Lo que usted ordene, amo Trump!».

Benjamín Netanyahu, 21 de octubre de 1949, 76 años.

Benjamín Netanyahu, 21 de octubre de 1949, 76 años.

Donald John Trump, 14 de junio de 1946, 79 años.

Donald John Trump, 14 de junio de 1946, 79 años.

Ursula von der Leyen, 8 de octubre de 1958, 67 años.

Ursula von der Leyen, 8 de octubre de 1958, 67 años.

Estas personas de avanzada edad crean enemigos ficticios, les adjudican delitos inventados y arman conflictos y guerras. Sin embargo, ninguna de ellas ni sus familiares participarán en el frente de combate, aunque tienen poder para legislar y obligar a la juventud de sus países a morir en supuesta defensa de ideales democráticos y patrióticos que no son reales.

Esto no es una suposición: es la experiencia acumulada en la historia de la humanidad. ¿Aceptará la juventud del siglo XXI ser carne de cañón para que el complejo militar-industrial, los bancos y los fondos de inversión internacionales se lucren con sus vidas?

La escalada belicista de Estados Unidos parece no tener freno y proyecta una sombra de inestabilidad sobre el escenario internacional. En los últimos meses, Donald Trump, presidente de EE. UU., ha acumulado decisiones que han socavado el orden global: desde el apoyo explícito a actores que cuestionan la legitimidad institucional de Venezuela y el supuesto secuestro de su presidente, hasta declaraciones insólitas sobre la posible adquisición de territorios como Groenlandia, que desconcertaron incluso a sus aliados.

A ello se suman el agravamiento e internacionalización del bloqueo contra Cuba y las amenazas de invasión y guerra contra la República de Cuba. Ahora, los bombardeos contra objetivos iraníes vuelven a situar al mundo en el umbral de un conflicto de consecuencias imprevisibles.

Esto no es una serie de errores puntuales, sino un patrón: imposición, injerencia y desprecio por el derecho internacional. Cada movimiento incrementa la inestabilidad y sitúa al mundo occidental en una posición de vulnerabilidad ante posibles represalias y nuevos conflictos. Aunque, en realidad, ya estamos en una guerra internacional que acerca al planeta al borde de un holocausto termonuclear.

La lógica de la fuerza sustituye a la diplomacia, acercando a la humanidad a un escenario que nadie ha pedido pero que todo el mundo sufrirá.

Por ello, es urgente denunciar esta deriva y exigir que las grandes potencias dejen de jugar con fuego en un momento en que la humanidad necesita justamente lo contrario: paz, cooperación y respeto entre los pueblos.

Cuando una potencia actúa al margen de la diplomacia y de las instituciones multilaterales, envía un mensaje peligroso: que la fuerza prevalece sobre la negociación y que los equilibrios geopolíticos pueden alterarse por impulsos o intereses inmediatos.

Cada decisión del presidente estadounidense, ignorando incluso la autorización necesaria de su propio Congreso, parece empujarnos un poco más hacia el precipicio, como si la diplomacia fuera un lenguaje olvidado y la fuerza el único alfabeto posible. El mundo occidental observa con inquietud, pero también acepta con sumisión consciente cualquier acción de Estados Unidos e Israel.

En tiempos convulsos, la paz no es solo un ideal, sino una necesidad urgente. Cada bomba que cae nos recuerda hasta qué punto estamos permitiendo que el ruido de las armas sustituya a la voz de la razón.

Pero hay una verdad aún más amarga: las consecuencias de las guerras no las sufren quienes las deciden, sino los pueblos que las padecen; las familias desplazadas, las criaturas que crecen entre escombros —cuando no son asesinadas— y las comunidades que ven cómo sus sueños se hunden bajo el humo y la pólvora.

La guerra siempre castiga a los inocentes, mientras los poderosos siguen negociando sobre mesas y nunca pisan el barro ni la sangre que dejan atrás.

Hay que denunciar con toda la fuerza el comportamiento belicista del presidente de los Estados Unidos, que, lejos de promover el bienestar de los pueblos, actúa con la voluntad de controlar su riqueza y condicionar su desarrollo.

Estas prácticas no buscan mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía ni garantizar el respeto a los derechos humanos, sino perpetuar desigualdades y reforzar relaciones de dependencia que limitan la soberanía real de las comunidades.

Cuando un gobierno utiliza su peso económico, militar o diplomático para imponer sus propios intereses, restringe la capacidad de los pueblos para decidir su futuro, orientar sus políticas públicas y defender sus recursos.

Este tipo de actuaciones alimenta un modelo global injusto, donde las decisiones se toman lejos de las necesidades de la gente y donde la prosperidad queda subordinada a lógicas de poder.

Ante ello, es imprescindible reivindicar un orden internacional basado en el respeto mutuo, la cooperación y la defensa efectiva de los derechos humanos. Ninguna comunidad debería verse obligada a aceptar condiciones que comprometan su desarrollo, su dignidad o su autonomía colectiva.

La historia ya ha demostrado demasiadas veces lo que ocurre cuando la estupidez humana se combina con poder militar ilimitado.

Y, sin embargo, parece que seguimos empeñados en repetirla.


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