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Jalifa Hafter, el exagente de la CIA que es el rey sin trono de Libia

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05.05.2026

Casi 15 años después del derrocamiento de Gadafi, Hafter no tiene ningún cargo pero gobierna de facto el país, y convierte a Libia en otra flagrante lección sobre las consecuencias imprevistas de una intervención extranjera.

En julio de 2025, cuatro representantes europeos del más alto nivel aterrizaron en el este de Libia para una reunión urgente. Uno era el ministro de Interior de Italia, que en los últimos seis meses había registrado un aumento en la llegada de migrantes. De Grecia venía el responsable de inmigración, consternado tras el arribo a Creta de 2.000 personas en solo una semana. Y de Malta, el ministro de Interior, temeroso de que a su isla le tocara después. Completaba la comitiva el comisario de Migración de la Unión Europea (UE), con el encargo de reflotar un acuerdo de cientos de millones de euros que, evidentemente, no estaba logrando detener a los barcos.

Libia es el lugar donde convergen las crisis. Con 1.770 kilómetros de longitud, su costa es la más larga del Mediterráneo africano y el principal punto de partida de los migrantes que viajan al norte. Sucesivas guerras civiles han desangrado al país desde el derrocamiento en 2011 de Muamar el Gadafi, con Rusia, Turquía, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos armando a las facciones rivales.

La contienda ya no se limita a las fronteras de Libia. Tanto Rusia como los Emiratos Árabes Unidos están enviando armas y combatientes desde sus bases militares del sur de Libia a la guerra civil de Sudán, forzando el desplazamiento de otros cientos de miles de refugiados que también viajarán hacia el norte, hacia la costa mediterránea de Libia.

Quien controla Libia ejerce poder sobre Europa. Pero la crisis política de Libia es tan compleja que confunde incluso a las autoridades europeas más experimentadas. El país está dividido entre dos gobiernos, uno en el oeste y otro en el este, y ninguno de los dos es un gobierno de verdad.

Ni Trípoli ni Bengasi

El gobierno de Unidad Nacional de Trípoli, formado en 2021 para supervisar unas elecciones que nunca se celebraron, es el reconocido por Naciones Unidas (ONU) y la UE. En respuesta, y aunque ningún país lo haya reconocido oficialmente, la Cámara de Representantes (el parlamento libio, elegido en 2014) nombró en 2022 a un gobierno rival en la ciudad oriental de Bengasi.

Ambas administraciones, la del este y la del oeste, reclaman su autoridad sobre todo el territorio nacional, pero ninguna de las dos controla el petróleo, las bases militares, ni las rutas migratorias que hacen a Libia tan importante para Europa. Solo un hombre lo hace. Su nombre es Jalifa Hafter.

Hafter tiene 82 años y es el comandante general del Ejército Nacional Libio, una coalición de milicias reunidas en 2014 y ratificadas después por el parlamento oriental. Pero el título oficial no hace justicia a la extensión de su poder. Sus fuerzas controlan los yacimientos petroleros y las terminales de exportación del centro de Libia. Sus unidades costeras vigilan la costa oriental y controlan las rutas del contrabando que alimenta la crisis migratoria de Europa. Sus bases militares acogen a los ejércitos extranjeros que espolean la guerra de Sudán. Hafter controla todo lo que importa a los europeos preocupados por la inmigración, la inseguridad energética, y la estabilidad regional.

Los miembros de la delegación europea habían acudido a Bengasi con la esperanza de ser recibidos por Hafter en privado. Al llegar, se enteraron de que él imponía una nueva condición: antes de verse tenían que celebrar un encuentro público y frente a las cámaras con los ministros de la administración oriental a la que Hafter dice servir.

El problema era que Europa no reconocía oficialmente a ese gobierno. Si reunirse con sus ministros legitimaba al gobierno oriental, negarse a hacerlo significaba perder el acceso a Hafter. Los europeos dijeron no y se les denegó la entrada. La delegación nunca pasó de la sala del aeropuerto, una humillación que dejaba al descubierto la ficción central de Libia: para llegar al hombre más poderoso del país, hay que fingir que no es el hombre más poderoso del país.

La parábola que nadie quiere leer

En 2011, las potencias extranjeras intervinieron para derrocar a Gadafi y esto es lo que lograron. Ahora caen bombas sobre Irán y los responsables de esta nueva intervención prometen que la fuerza traerá la libertad, pero ahí está Libia como la parábola que nadie quiere leer. Todas las intervenciones hacen la misma promesa: derrocar al dictador para que el pueblo sea libre. Libia es lo que ocurre cuando se derriba al dictador y se olvida al pueblo.

Durante más de una década, mientras los políticos libios se disputaban el reconocimiento diplomático, Hafter intervenía en la realidad sobre el terreno, acumulando el petróleo, el territorio y los apoyos extranjeros que representan el poder real. Afirma ser un servidor del gobierno oriental libio, pero ese gobierno es una administración cuyos ministros deben ser aprobados por Hafter, cuyo parlamento es protegido por los soldados de Hafter, y cuyas leyes solo se aplican cuando Hafter así lo permite.

En el lado occidental, el gobierno rival de Trípoli también sobrevive gracias a los ingresos de un petróleo que depende de infraestructuras en el territorio de Hafter y que el comandante puede cerrar a su antojo. Oficialmente, los dos gobiernos son los responsables de todo, pero en lo esencial ninguno tiene poder de verdad. Así es el sistema de Hafter: controlar todo lo relevante, no responder por nada, y obligar a todos a fingir que así no es como funcionan las cosas.

Desde el exterior, el sistema cuenta con el respaldo de potencias extranjeras mientras que desde dentro se mantiene gracias a este silencio impuesto. Tanto Egipto, como Rusia y los Emiratos Árabes Unidos reconocen oficialmente al gobierno de Trípoli, aunque en los hechos a quien apoyan es a Hafter. Emiratos financia sus operaciones y proporciona las armas que le permiten imponerse. Egipto le ofrece información obtenida por sus servicios de espionaje y el uso de una base militar dentro de su territorio. Rusia suministra mercenarios para proteger sus campos petroleros y luchar en sus guerras.

En mayo de 2025, Vladímir Putin recibió en el Kremlin a Hafter y le ofreció protección diplomática en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin estos patrocinadores, el sistema de Hafter se derrumbaría. Con ellos, es intocable. “Las potencias extranjeras mantienen la farsa tanto como Hafter”, explica Tarek Megerisi, investigador principal en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. “Pueden sostener que apoyan la soberanía de Libia mientras respaldan al hombre que la está minando”.

En el este de Libia, nadie se llama a engaño. Desde las vallas publicitarias y desde las oficinas de gobierno de Bengasi, el retrato de Hafter vigila. En mayo de 2025, el gobierno oriental le puso su nombre a una nueva ciudad. Sus hijos dirigen unidades militares, supervisan contratos de reconstrucción, y organizan como los herederos que son reuniones en el extranjero.

Pero decir la verdad que todo el mundo sabe es peligroso en el este de Libia, donde la vigilancia es total. “La gente cree que el poder de Hafter no tiene límite”, opina Hanan Salah, subdirectora en Human Rights Watch para el norte de África y Oriente Medio. “Sus hombres pueden llevarse a una persona de su casa, tanto si es un ciudadano como un parlamentario, y hacerla desaparecer; controla los tribunales, controla las investigaciones, y actúa con impunidad total porque la comunidad internacional ha optado por el apaciguamiento antes que por hacerle rendir cuentas”.

Todo el mundo puede ver la realidad, pero nadie se atreve a nombrarla. Hafter es el gran impostor de Libia. Como me dijo el exenviado especial de Estados Unidos, Jonathan Winer, Hafter se ve a sí mismo como “el mesías de [la novela] Dune, una figura mesiánica salida del desierto que controla el destino de las naciones mientras finge ser un instrumento del pueblo”.

Hafter pasó 50 años estudiando de cerca el funcionamiento del poder. Junto a Gadafi, mientras el dictador gobernaba a través de comités y consejos sin ningún título para él. En un campo de prisioneros de Chad, donde se hizo indispensable para sus captores tanto como para los cautivos. Como agente de la CIA en Virginia, donde luego puso a la CIA contra el régimen de Gadafi. Y también como comandante fracasado de una revolución donde todos lo rechazaron hasta que los sobrevivió a todos.

Cada experiencia le ha enseñado la misma verdad: el poder no requiere un trono. Él gobierna justo ahí: en el espacio que se forma entre lo que todos saben y lo que nadie puede decir.

La vida política de Hafter comienza con una traición. El 1 de septiembre de 1969, Hafter tenía 25 años y se había alineado con Muamar el Gadafi como uno de los suboficiales que derrocaron al rey Idris de Libia, afín a las naciones occidentales. Después de eso vinieron los años de ascenso dentro de las filas del Estado revolucionario, hasta convertirse en uno de los comandantes militares en los que más confiaba Gadafi.

En 1986 Gadafi lo ascendió a coronel y lo mandó al vecino Chad para comandar a las fuerzas libias. Las dos naciones llevaban casi diez años librando una guerra que se había convertido en una lucha por el control de las rutas de contrabando y las redes armadas del Sahel, una zona estratégica para Libia, Níger y Sudán. Gadafi quería asegurar la frontera y Hafter era el........

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