La paz perpetua que nunca intentamos
La paz perpetua que nunca intentamos / Shutterstock
Hubo un tiempo en que leer a Kant era casi un ritual en la formación de un historiador. Recuerdo bien la primera vez que me enfrenté a La paz perpetua en la universidad, sin saber muy bien qué estaba leyendo ni para qué podía servirme aquello. Me pareció entonces un texto difícil y algo distante. Con los años he vuelto reiteradas veces a él, no porque haya cambiado Kant, sino porque ha cambiado el mundo… y también nuestra forma de mirarlo. Y es que los libros clásicos no se actualizan; somos nosotros quienes los reabrimos desde nuevas urgencias, como las que tengo yo ahora ante el horror que estamos viviendo.
Verán ustedes la rabiosa actualidad del texto. Kant no pensaba la paz como un momento de calma entre guerras, sino como algo que había que construir activamente. La paz no aparece sola y no es el resultado natural del paso del tiempo ni de la buena voluntad de los Estados. Es una obra política deliberada, frágil y difícil. De forma sencilla diríamos que si no se diseña, no existe.
En su pequeño ensayo de 1795, Kant propuso una serie de condiciones para evitar la guerra. Algunas son casi de sentido común: que los acuerdos entre países no se hagan en secreto, que los Estados no funcionen como propiedades que se compran o se heredan, que los ejércitos permanentes no se conviertan en la norma y que ningún país intervenga por la fuerza en los asuntos internos de otro como si fuera su derecho natural. Como ven, detrás de estas ideas hay una........
