La canción del pirata
La canción del pirata
Entre Espronceda, Stevenson, Salgari y la vena romántica que llevo en la sangre, en el sentido más decadente del adjetivo, tengo un concepto del pirata que no se corresponde con la realidad. Ni con la pasada ni con la presente y está por ver si la futura.
Hay versos para aburrir en «La canción del pirata» y me los sé todos, que me los enseñó mi padre quizá a los seis años. Podría recitar párrafos enteros de «La isla del tesoro» y, sin ser coleccionista, almaceno un montón de ejemplares de diferentes ediciones en mi biblioteca. Siempre que veo uno nuevo, lo compro. Sandokán, el «tigre de Mompracén», me seduce, como a cualquier princesa de Rajastán, por ese afán irreverente de aventuras en pro de la justicia, como un Batman del XIX.
Claro que el pirata de Espronceda dividía por igual las presas y sólo tenía como riqueza la belleza sin igual (aunque el Sr. Mondéjar padre corregía al poeta y lo recitaba como la belleza singular, que creo que rima mejor). También Sandokán y su amigo Yáñez preferían las bellezas singulares, si bien de carne y hueso. Por el contrario, reconózcamoslo, tanto Jim Hawkins como Long John Silver iban más a lo suyo, que era a enriquecerse con los doblones de a ocho y,........
