El fin que justifica los medios
Este sábado necesité un amigo de última hora. Había pasado toda la semana con el ansia de disfrutar de un tiempo soleado y de que la vitamina D que me mandó tomar el médico en invierno dejara de ser imprescindible. Tampoco es que tuviera grandes planes, quería pasar la tarde en la plaza del Olivo tomando un café largo con helado de fior di latte. Eso y una conversación pausada y amable.
Pero llegó el sábado y me di cuenta de que lo tenía todo para ejecutar mi plan menos un acompañante. A priori era lo fácil, lo único que yo podía aportar, porque el sol, la tarde y el olivo ya estaban puestos.
Entonces recordé la película que había visto la noche anterior, Rental family, sobre un actor que consigue un trabajo inusual en una agencia japonesa de «familias de alquiler», interpretando papeles de suplente para desconocidos. Si a una persona le hacía falta un padre, una novia o un amigo lo alquilaban a él para representar ese papel. En un momento concreto la película te plantea esa cuestión de forma directa: ¿alquilarías a alguien en tu vida actual, a alguien que te falta? No hombre no, pensé. Cómo voy a alquilar un suplente si el mundo está lleno de protagonistas a mi alcance.
Suele pasarme eso con bastante frecuencia, cuanto más de sobrada voy, más rápido se encarga la vida de decirme que quietita, que de sobra no tengo nada. Así me encontraba a las tres de la tarde en casa, como un pincel y lista para solear pero sin acompañante, cuando vi a uno de mis hijos —de diecinueve años —deambulando por los pasillos sin mucho propósito y pensé que igual, si lo «alquilaba un poco» para que fuera mi acompañante sabatino, tampoco era tan grave. Además, lo bueno de chantajear a tus hijos universitarios es que son pobres, así que por cuatro moneditas más que alquilar su alma te la venden gustosos.
Más orgullosa que nadie, con semejante chico al lado, me fui desde Pizarro al Olivo, con paraditas obligatorias en Zara, en Parfois y en Versus. ¿Compañía a cambio de una sudadera nueva?, puede, pero una sudadera que compré con un gusto…
Pasamos la tarde al sol, riéndonos y hablando de todo con nuestros cafés y nuestros helados fior di latte. Al entrar en casa de regreso se asomó a mi cabeza un pensamiento que siempre se asoma cuando me doy cuenta de lo feliz que puedo llegar a ser con algo fácil y pequeño que todo el rato había estado a mi alcance: «A veces las cosas están en su sitio pero no alegran y otras veces: ¡Hay taanta belleza!»
También recordé una frase de una película noruega que me había llamado la atención, Sueños en Oslo: «La libertad de expresión no va a cogerte de la mano en tu lecho de muerte». Igual para eso voy a necesitar otro amigo de última hora.
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