Tres debates y una sola vergüenza
Tres debates presidenciales han bastado para desnudar la tragedia de esta campaña: hay una multitud de candidatos, pero una escasez alarmante de estadistas. Lo que el país ha visto no es una disputa seria por el poder, sino una pasarela de egos, improvisaciones, frases prefabricadas y ambiciones sin sustento. Mucho postulante. Muy poco presidente. Que nadie culpe al formato. Tiempo hubo. Escenario hubo. Micrófonos hubo. Lo que no hubo fue estatura. La primera jornada fue un retrato de la frivolidad política: generalidades, puyas de corral, poses de ocasión y el insulto usado como reemplazo del argumento. Varios llegaron a recitar lo aprendido, a sobreactuar indignación y a dejar una frase de utilería para el recorte del día siguiente. Candidatos que aspiran a gobernar un país en crisis, pero que no logran sostener una idea con rigor ni defender una propuesta con solvencia. La segunda jornada fue todavía más reveladora, porque exhibió la otra cara de la miseria política: la cobardía. Todos correctitos, todos amables, todos encapsulados en el cálculo. Nadie quiso morder. Nadie quiso definirse. Nadie quiso arriesgar una verdad incómoda. Se cuidaron tanto de confrontar que terminaron confesando su propia vaciedad. Cuando la campaña exige coraje, aparece la prudencia del mediocre. Cuando el país exige carácter, aparece el candidato de tecnopor. La tercera noche ofreció más ruido, más ataques y más cargamontón. Pero tampoco allí apareció la grandeza. Porque pelear no es debatir. Acusar no es argumentar. Y amontonar frases no es pensar. Hubo fuego cruzado, sí, pero de pólvora mojada. Mucho ademán de combate y ninguna batalla intelectual digna de ese nombre. Y ese es el punto central: el Perú atraviesa una de las horas más delicadas de su vida republicana y, aun así, quienes pretenden sentarse en Palacio siguen comportándose como panelistas de sobremesa, animadores de feria o actores de casting permanente. El país se cae a pedazos entre crimen, extorsión, informalidad, hospitales colapsados, escuelas abandonadas, inversión paralizada y un Estado que hace agua por todos lados. ¿Y qué ofrecen los candidatos? Eslogan, libreto, gesto y humo. Humo, sobre todo humo. Casi ninguno explicó con seriedad cómo va a recuperar el principio de autoridad, cómo va a aplastar a las mafias, cómo va a reactivar la economía, cómo va a destrabar proyectos, cómo va a limpiar el Estado ni cómo va a impedir que el país siga deslizándose hacia el desgobierno. Todos repiten el “vamos a”, pero se atragantan cuando llega el momento de explicar el “cómo”. Y en política, el “cómo” separa al gobernante del charlatán. Lo visto en estos debates ha sido una feria de pequeñeces. Algunos candidatos no pasaron de ser repetidores de libreto. Otros confundieron estridencia con liderazgo. Otros exhibieron una vanidad tan grande como su falta de preparación. Y varios dejaron la impresión de estar en carrera no para salvar al país, sino para salvar su momento, su ego o su personaje. La Presidencia, para ellos, parece menos una responsabilidad histórica que una oportunidad publicitaria. Ni hablar de ciertos panelistas, que a ratos dieron la impresión de entrar al set con agenda propia. Pero ni siquiera ese sesgo alcanza para excusar a los postulantes. El problema de fondo no estuvo en las preguntas: estuvo en la mediocridad de las respuestas. Allí quedó expuesta, sin maquillaje, la anemia intelectual de una campaña que prometía debate y ha terminado entregando caricatura. Estos tres debates no han fortalecido la democracia. Han exhibido su precariedad. No han iluminado el voto. Han multiplicado la decepción. No han mostrado liderazgo. Han mostrado impostura. Y esa es, quizá, la peor noticia de todas: mientras el Perú reclama mando, visión y coraje, la oferta electoral responde con fragilidad, cálculo y pequeñez. El balance final es devastador. Tres noches, decenas de intervenciones, centenares de frases y casi ninguna idea perdurable. Mucha boca, poca cabeza. Mucha ambición, poca preparación. Mucha candidatura, poquísima presidencia. El Perú merece un jefe de Estado. No una comparsa de postulantes inflados por la televisión, las encuestas o su propio narcisismo. Y después de lo visto, la conclusión golpea como sentencia: no estamos ante una campaña presidencial, sino ante una dolorosa exhibición de mediocridad nacional. Tres debates después, el país ya entendió la amarga verdad: en esta carrera sobran los que quieren mandar, pero faltan, dramáticamente, los que saben gobernar.
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