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Grietas malditas

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01.03.2026

El cuadro general de la tragicomedia peruana que abarca desde la caída del gobierno de José Jerí hasta la designación del primer gabinete ministerial del sucesor José María Balcázar (mediando el embarque y desembarque de Hernando de Soto en la cabeza del mismo) da sentido a nuestra ya antigua y modesta focalización del problema en las raíces podridas de nuestro sistema político, cuya perversión fue alimentada tras culminar el régimen de Alberto Fujimori el año 2000. Se pone en evidencia que todo cambió para peor: que la democracia nativa fue socavada, identificándola con una fábrica de ofertas electorales y no con la necesaria consolidación de verdaderos partidos programáticos; que el núcleo presidencialista híbrido de la Constitución de 1993 se hizo polvo hasta llegar hoy al imperio de bancadas parlamentarias forajidas; que se laxó la ley a fin de permitir la postulación de prontuariados y prófugos a las principales dignidades públicas del país. El recuento es largo y tiene muchas aristas. Hablando de prófugos, me detengo en las reflexiones del candidato a la presidencia de la República por Perú Libre, Vladimir Cerrón, a propósito de la salida de Jerí y la consagración de Balcázar en la primera magistratura, donde explica su papel y el de su partido para arribar a este escenario. Según Cerrón, el triunfo de Balcázar pudo materializarse en virtud de la “grieta política” que él detectó en las pugnas de la derecha peruana por el destino de Jerí. Se refiere a la firme postura de Renovación Popular de Rafael López Aliaga favorable a censurarlo, mientras que Fuerza Popular de Keiko Fujimori se inclinaba por respaldarlo. Esa tensión —continúa Cerrón— le permitió a su reducida bancada construir una “cadena heterogénea” con otras representaciones parlamentarias (llámese Alianza para el Progreso y Podemos) y sumar los votos necesarios que sepultaran la corta gestión de Jerí, afianzando a Balcázar, exmilitante de su partido. Lo de la “grieta política” es interesante porque nos deriva hacia otra clase de grietas —básicamente constitucionales— observadas en todo este proceso. Primero, la absurda vigencia de ese enorme cajón de sastre concedido al Parlamento para vacar a los presidentes bajo el eufemismo de “incapacidad moral”, interpretado según el humor reinante en las curules. Segundo, la opción de deshacerse de Jerí mediante el recurso de la “censura” y no la “vacancia”, solo para aminorar el umbral de votos requeridos y pese a que los más acreditados juristas nativos explicaron que procedía esta última. Y lo tercero es el limbo en el cual queda el artículo 122.° de la carta principal, donde se indica que el presidente de la república nombra y remueve a los demás ministros, “a propuesta y con acuerdo, respectivamente, del presidente del Consejo”, atribución que no se le permitió al nonato premier De Soto. En efecto, nuestro sistema tiene enormes grietas políticas y grietas normativas. Grietas malditas.

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