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Cinco películas para volver a creer en la humanidad. Por Ana Josefa Silva

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05.08.2022

La vida está jalonada de hechos azarosos que no controlamos. También de errores y malentendidos: la condición humana es compleja y contradictoria. Pero no son los súper héroes quienes nos sacan de los atascos y dolores: somos nosotros mismos y el afecto de quienes nos rodean.

Hace un año que Johnny (J. Phoenix), un periodista que graba notas y podcast en diferentes ciudades de EE.UU., no se habla con su única hermana. Lleva una vida solitaria y nómade tras la que se esconde un vacío y un sinsentido que el quehacer y la bulla del trabajo acallan bien.

Pero el impersonal e impoluto hotel donde descansa esa noche y su silencio se le hacen insoportables. Toma el teléfono y llama a Gaby. El diálogo es amable, aunque entrecortado: hay demasiados dolores pendientes, conversaciones que no fueron.

En ese breve intercambio sabemos que hace un año, la madre de ambos ha muerto; que Gaby también hubiese querido llamarlo. Gaby está casada y es madre de Jesse, un niño de 9 años. Pero afronta un complejo problema.

Así, Johnny se trasladará hasta donde vive Gaby y mientras ella soluciona la dolorosa situación que atañe a su marido, él se hará cargo de su sobrino. Filmada en un necesario y preciso blanco y negro, la película es un drama a la vez entrañable y encantador; una road-movie improbable; un múltiple reencuentro causado por el azar.

La reconciliación del protagonista va por dentro y por fuera: no es solo la distancia con su hermana, sino lo que no ha resuelto al interior de su alma.

Jesse —gran mérito del guion— es un niño común y corriente. Tanto, que parece sacado de la vida real: contradictorio, amoroso, exigente, amable, llevado de sus ideas, sencillo. Todo a la vez. Y Johnny debe seguir haciendo su trabajo, así es que el recorrido por las calles del país haciendo preguntas a niños y adolescentes lo hace con él.

No es una tarea ingrata; tampoco nada fácil. Esta relación paterno-filial de última hora han de improvisarla entre ambos. Y los dos atraviesan un momento vital emocionalmente complejo.

Jesse acostumbra a que le lean cuentos (“Star Child”, de Claire A. Nivola; “El maravilloso mago de Oz”, de L. Frank Baum). Gran recurso para enfatizar sobre el tema que gravita en C’Mon C’Mon (algo así como “¡vamos, vamos!”), al que se suma aquello que Johnny recoge en sus entrevistas. Y que es nada más, nada menos, las relaciones familiares, los vínculos afectivos, la convivencia, las esperanzas. En suma: aquello que siempre ocupará a la humanidad.

Una película que llega al alma, que se disfruta, que emociona, que también es divertida, que estremece para bien.

Categoría IMPERDIBLE.

C’MON C’MON: SIEMPRE ADELANTE
(C’mon C’mon)

Greg (Thomas Mann), un chico en el último año de secundaria, con una timidez rayana en la fobia social, es quien narra su historia y su particular y divertida forma de mirar y enfrentar la vida.

Él no sólo es un buen chico sino que es creativo, inteligente, gentil. Solo que no lo sabe: su opinión de sí mismo es tan pobre que su única aspiración en la vida es pasar inadvertido, ser invisible.

Las estrategias que desarrolla para conseguir ello en la selva que es el high school son francamente graciosas. Pero gracias a ellas, “zafa” y vive en paz.
Su único amigo es Earl (RJ Cyler), un chico afroamericano que vive en un barrio peligroso, a quien conoce desde pequeño de una insólita manera. Él lo llama compañero de trabajo porque juntos hacen películas.

En lo que es el más entrañable homenaje al cine dentro del cine, los chicos filman graciosas versiones de clásicos, usando los recursos que tienen a la mano (gran lección: el verdadero arte surge desde la imaginación, después vienen los recursos).

Y es que el padre de Greg, un........

© Ex-Ante


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