menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

¡Cuidado con el lobo!

35 0
03.03.2026

Como en la fábula del pastorcito mentiroso, Gustavo Petro estuvo asustando al país con el ruido de una constituyente. Cada vez que el Congreso le negaba sus proyectos, entonces él aparecía gritando “¡constituyente, constituyente!”. Pero, a diferencia de la historia bien conocida por todos, no podemos dejar de creerle porque esta vez el lobo está mostrando sus orejas y si no se le ataja viene por toda por nuestra democracia.

(Le puede interesar: Una lección para la campaña política).

Basta mirar el proyecto inscrito para convocar una asamblea constituyente y para el cual se están recogiendo firmas. La razón con la que justifican la convocatoria es la del bloqueo institucional que, según ellos, Congreso y cortes han hecho a las propuestas de Petro. Es la narrativa de un presidente impedido de cumplir el “mandato social” por culpa de las instituciones. Narrativa que, de paso, le permitirá a Iván Cepeda, sin sonrojarse, proponer ahora sí al país el cambio que no dejaron hacer.

Aquí entra con fuerza la propuesta constituyente. Si el obstáculo para el cambio son las instituciones democráticas de la Constitución de 1991, es imperativo cambiarlas. Y cambiarlas por otras de naturaleza claramente autoritaria. Esto no lo estoy inventando, se deduce de la exposición de motivos: “El Gobierno Nacional identificó que sus principales propuestas de cambio social se estancaron debido a la oposición o demora excesiva en los poderes constituidos”. Es la confesión de que necesitan construir un sistema sin oposición y sin deliberación.

También y con una sinceridad que raya en cinismo afirman: “las herramientas jurídicas ordinarias resultan insuficientes para forzar al Congreso a legislar cuando este incurre en omisiones legislativas absolutas”. Entonces, como no es posible “forzar al Congreso”, hay que defenestrarlo. La solución es darle poderes al Presidente para que asuma directamente la competencia legislativa frente a las omisiones del Congreso en materias sociales. En otras palabras, la propuesta es que si el Congreso no aprueba lo que el Ejecutivo considera desarrollo del Estado social de derecho, el Presidente lo desplaza y actúa en su lugar. Así de fácil, como en todas las dictaduras.

Si el diseño institucional de una constituyente ya condiciona de antemano su resultado, no estamos ante un ejercicio abierto de deliberación soberana.

¿Esa es la respuesta al supuesto déficit deliberativo? ¿Un Congreso que no puede negarse, que no puede ejercer un verdadero contrapeso, que solo puede aprobar lo que el Gobierno interprete como mandato constitucional? Ese es el Congreso que nos proponen crear con esa constituyente. Un remedo de Congreso. Una instancia decorativa que legitime decisiones previamente adoptadas.

El engaño no termina allí. La propuesta de constituyente se presenta como un gran diálogo nacional incluyente, con plenos poderes dentro del marco democrático. Pero su conformación revela otra cosa: una parte significativa de sus miembros dependería de reglas definidas por el propio Ejecutivo o provendría de territorios donde el pluralismo no existe. De los 135 miembros, 46 representarían comunidades indígenas, negras, afro y campesinas cuya definición y sistema de elección quedaría en manos del Presidente.

Si el diseño institucional de una constituyente ya condiciona de antemano su resultado, no estamos ante un ejercicio abierto de deliberación soberana, sino ante una ingeniería política destinada a producir un resultado predeterminado. Esa es la fórmula ya conocida en otros países que en nombre del pueblo terminaron consolidando proyectos hegemónicos.

El próximo domingo estaremos eligiendo un nuevo Congreso. Lamentablemente el debate alrededor de las consultas presidenciales ha desplazado a un segundo plano la importancia de esta elección. Hay que votar por el Senado y la Cámara. Conociendo el peligro que para la democracia representan quienes hoy están avalando proyectos como el de esta constituyente, tenemos sobre nuestros hombros la responsabilidad de elegir un Congreso comprometido con la Constitución de 1991, con las mayorías suficientes para frenar cualquier arrebato autoritario.

(Lea todas las columnas de Viviane Morales en EL TIEMPO, aquí)


© El Tiempo