La precariedad académica y el dilema del ayudante doctor
Análisis La precariedad académica y el dilema del ayudante doctor
Conseguir trabajar en la universidad parece un sueño inalcanzable. Cada vez que se abre una convocatoria de plazas de ayudante doctor (contrato inicial de profesorado de hasta seis años) escucho el mismo mantra: hay que presentarse a todo. Aparece en conversaciones de pasillo, en reuniones informales, en consejos de colegas con más experiencia y en mensajes dirigidos a quienes intentan abrirse camino en la carrera académica y científica. No importa demasiado si la plaza encaja con tu línea de investigación. No importa si el departamento apenas tiene relación con tus intereses. O si la ciudad en la que se encuentra no forma parte de ningún proyecto de vida imaginable para ti. Lo importante es no dejar pasar tales oportunidades, ya que estas plazas son oasis laborales que te refugian frente a la precariedad.
El resultado entonces es una situación en la que las decisiones dejan de orientarse principalmente por los propios proyectos intelectuales o vitales y pasan a estar guiadas por la necesidad de mantener abiertas todas las opciones posibles. Y todo por miedo.
Tal vez la pregunta no sea quién tiene la culpa. Tal vez la pregunta sea por qué hemos aceptado un sistema universitario en el que la inseguridad se ha vuelto tan normal
Miedo a quedarse fuera. Miedo a que la siguiente convocatoria tarde años en llegar. Miedo a acumular otro contrato temporal. Miedo a descubrir que, después de una década o más de formación, publicaciones, estancias y evaluaciones, la estabilidad sigue siendo una promesa lejana.
No señalo esto como una mera crítica moral individualizante. En un mercado académico cada vez más competitivo, ampliar el número de solicitudes parece una decisión perfectamente razonable. Si las oportunidades son escasas, ¿por qué limitarse a aquellas plazas que realmente encajan con los propios intereses?
Sin embargo, cuanto más observo esta dinámica, más llego a la conclusión de que encierra una paradoja. Lo que parece una decisión racional e incluso óptima para cada individuo, luego puede acabar produciendo un resultado peor para todos.
La teoría de juegos ofrece una imagen útil para entenderlo. El ejemplo más conocido es el “dilema del prisionero”. Dos personas, actuando de forma racional y buscando proteger sus propios intereses, terminan alcanzando un resultado peor que el que habrían conseguido cooperando. No porque sean malas personas ni porque quieran perjudicar a nadie. Simplemente porque las reglas del juego les empujan en esa........
