El temerario retorno de los economistas
El problema no radica tanto en el diseño de las políticas como en la capacidad del Gobierno para sintonizar con las expectativas, temores y demandas de una sociedad que, más que nunca, exige comprensión y protección.
El año 1775, Jacques Turgot, entonces Inspector General de Finanzas del rey Luis XVI, se propuso enfrentar la compleja situación financiera de Francia mediante una reforma radical: eliminar los obstáculos que, heredados de las tradiciones medievales, dificultaban el libre comercio al interior del reino. Ello implicaba, principalmente, suprimir numerosas aduanas internas, abrir a todas las personas el ejercicio de profesiones antes restringidas y poner fin a la fijación de precios de bienes de consumo promovida por antiguas corporaciones de oficios y artesanos.
Su entusiasmo por estas medidas era tal que llegó a escribir al rey: “En diez años será imposible reconocer a la nación (…). Francia aventajará a todos los pueblos que existen y que hayan existido jamás”.
El problema fue que sus reformas se implementaron en el peor momento posible: una serie de malas cosechas transformó la liberalización económica en un rápido aumento de los precios, escasez de productos básicos y fuertes disturbios populares. En poco más de una década, Francia no se encontraría ante el paraíso prometido, sino al borde de su mayor revolución.
La moraleja de esta historia es clara: al implementar una política económica no basta con tener razón en términos técnicos; también importan el momento y la forma en que se aplica, así como la manera en que la sociedad –y sus distintos grupos y élites– recibirán esas transformaciones.
En las vertiginosas primeras semanas del Gobierno de José Antonio Kast, hemos observado, en primer lugar, una opinión pública sorprendentemente esperanzada. La encuesta Pulso Ciudadano N.º 117, realizada durante la segunda semana de marzo de 2026, mostraba con claridad aumentos notables en la percepción de que Chile avanza en la dirección correcta, una disminución notable en la proporción de personas que creían que el país estaba en retroceso y, sobre todo, un marcado optimismo respecto del futuro: un 48,2% de las personas afirmaba que en un año Chile estaría mejor o mucho mejor, mientras que un 52,5% sostenía lo mismo respecto de su situación económica personal.
El optimismo era tal que incluso se extendía al Parlamento, reduciendo de manera inédita la desaprobación del Congreso en casi 30 puntos porcentuales, como muestra la siguiente figura.
Al parecer,........
