Sembrar para cosechar: los peligros de sacrificar ciencia básica por utilidad inmediata
El desafío no negociable es llevar a cabo esta tarea sin sacrificar el desarrollo y financiamiento de la ciencia básica, cuya calidad debiese ser motivo de orgullo, independientemente del color político.
Cuando el entonces Presidente electo José Antonio Kast declaró, durante el Congreso Futuro, que no habría recortes en el área científica durante su Gobierno, pronunciando un críptico “los vamos a sorprender”, la comunidad científica miró con escepticismo. Una duda justificada, por cierto, dados los amplios antecedentes de negacionismo científico por parte de grupos ideológicamente afines al actual Mandatario: desconfianza en las vacunas y el cambio climático, y un gallito interminable con expertos en conservación ecológica.
Poco después de asumir, se dieron a conocer planes de recortar becas estatales de magíster y postdoctorado como parte de la reestructuración financiera del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. Más recientemente, el propio Mandatario llamó a revisar los mecanismos de financiamiento a la investigación científica en Chile, dando a entender que sus resultados son de poco interés práctico y que no contribuyen en general al desarrollo del país.
Sumado a lo anterior, en la deliberada omisión de la investigación como parte de los objetivos programáticos de la ministra Ximena Lincolao se vislumbra una declaración ideológica respecto a la ciencia en Chile: la pretención de orientar la investigación hacia el sector productivo, y que sea este el que financie a la ciencia en lugar del Estado.
Para ser transparente, la meta de vincular ciencia e industria no es, para nada, insensata. Nadie que siga la actualidad se sorprenderá si menciono que invertimos el 0,41% del PIB en ciencia y que esto nos ubica en los últimos puestos del ranking pertinente de la OCDE. Se discute poco, sin embargo, que la principal diferencia entre Chile y los países económicamente desarrollados radica en la baja intensidad tecnológica de nuestro aparato productivo.
Como consecuencia, la inversión de la industria en investigación y desarrollo (I D) es proporcionalmente muy inferior a la de los países con los que nos comparamos. Es necesario, por tanto, aumentar el involucramiento del sector privado en el financiamiento de la investigación y aplicación científica para acercarnos al famoso promedio OCDE del 2,7% del PIB.
Sin embargo, Chile no es Silicon Valley. Para fundamentar esta obviedad, debemos analizar la distribución del gasto por tipo de investigación, que distingue entre las........
