Como si 2008 no hubiera ocurrido: el giro intelectual que el debate chileno debe incorporar
Ninguna agenda solvente puede sostenerse sin hacer de la tolerancia cero a la corrupción en el manejo de los fondos fiscales una práctica institucional verificable, y no una declaración de principios para el discurso electoral.
“El economista neoclásico es un peligroso consejero en tiempos turbulentos, porque promete cosas que unos mercados incontrolados no pueden ofrecer” (Robert Skidelsky)
En ciertos círculos de la derecha chilena persiste un automatismo ideológico. Ante cualquier problema económico –inflación, deuda pública, bajo crecimiento, déficit fiscal– reaparece la misma receta de los años ochenta: menos Estado, más mercado, baja de impuestos y desregulación. Ese programa enfrenta dos objeciones distintas, y conviene no confundirlas.
La primera es política. Resulta legítimo preguntarse cómo podría implementarse en una democracia cuya ciudadanía ya expresó con fuerza su malestar frente a la desigualdad y los abusos. La segunda es más profunda y menos discutida en el debate público chileno. Ese recetario carece hoy de sustrato intelectual sólido, porque fue cuestionado desde adentro por la propia disciplina económica, especialmente tras la crisis financiera global de 2008.
Defender la economía de la oferta asociada a Ronald Reagan y Margaret Thatcher o el llamado consenso de Washington equivale, en química, a reivindicar la alquimia. Esa imagen, sin embargo, no exime a quienes la critican de sostener sus argumentos con el mismo rigor que exigen al adversario.
La crisis del paradigma económico dominante
En ¿Qué falla en la economía? (Deusto, 2022), Robert Skidelsky desarrolla una crítica erudita al pensamiento económico dominante que dio sustento teórico al proyecto neoliberal. Su argumento central sostiene que la economía académica fue abandonando gradualmente su condición de ciencia social, enraizada en la historia, la filosofía moral y el estudio del poder, para transformarse en una disciplina crecientemente formalista que confundió elegancia matemática con rigor científico.
Skidelsky sitúa el origen de ese proceso en la revolución marginalista de la década de 1870, cuando el foco se desplazó desde la economía política clásica –preocupada por la producción, la distribución y el poder– hacia el análisis del comportamiento individual, la utilidad subjetiva y el equilibrio matemático. Ese desplazamiento fue relegando progresivamente las preguntas sobre si la distribución es justa, qué constituye el bienestar o qué fines debe perseguir una sociedad, hasta convertir la economía neoclásica en ideología bajo apariencia de neutralidad científica.
El resultado fue una doctrina incapaz de anticipar la crisis financiera global de 2008, que subestimó sistemáticamente los efectos de la desigualdad y que construyó buena parte de sus modelos sobre supuestos empíricamente débiles. Entre ellos destacan el agente perfectamente racional, la tendencia espontánea de los mercados al equilibrio y la idea del Estado como obstáculo. Cuando esos supuestos chocan con la realidad –y lo hacen una y otra vez–, la reacción ortodoxa suele consistir en preservar la teoría y ajustar los parámetros.
El fin del agente racional
La economía conductual representa en este punto una corrección que el propio Skidelsky subestima en su análisis. Los trabajos de Daniel Kahneman, Richard Thaler y otros demolieron empíricamente el supuesto del agente racional mostrando, con evidencia experimental sistemática, que las decisiones humanas se apartan de manera predecible y persistente de lo que los modelos presuponen. No se trata de excepciones anecdóticas, sino de patrones recurrentes que la disciplina convencional tardó décadas en incorporar y que aún no ha asimilado del todo.
Incertidumbre, complejidad y los límites del diseño económico
Hay una dimensión de la crítica de Skidelsky que el debate público suele pasar por alto y que resulta quizás la más incómoda para cualquier corriente política. La economía neoclásica no falla únicamente porque su agente sea irreal o sus mercados imperfectos. Falla en un nivel más profundo, al confundir incertidumbre con riesgo. El riesgo es calculable; puede asignársele una probabilidad y modelarse matemáticamente. La incertidumbre radical, en el sentido que Keynes le dio al término, describe situaciones donde no existe distribución de probabilidad conocida, porque el futuro no es una repetición estadística del pasado.
Los sistemas económicos pertenecen a esa segunda categoría. Son sistemas complejos, con retroalimentaciones no lineales, comportamientos emergentes y puntos de quiebre que ningún modelo anticipa con fiabilidad. La crisis de 2008 no fue una desviación estadística improbable; fue la consecuencia de haber tratado como calculable algo que no lo era.
Reconocer ese límite epistemológico no conduce al inmovilismo, pero sí a una humildad analítica que el debate chileno raramente practica. Toda política económica opera sobre un sistema que no controla del todo y cuyos efectos no puede predecir con precisión. Eso no invalida la acción pública, pero debería moderar la confianza con que cualquier sector político presenta sus recetas como soluciones técnicamente garantizadas.
El mercado como........
