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Hubo un tiempo en que caminábamos hacia el futuro

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09.01.2026

No estamos ante una simple crisis del sistema internacional, sino ante su inversión histórica: el retorno explícito de la razón imperial, la primacía de la fuerza sobre el derecho y la legitimación de la dominación como principio organizador del mundo.

Recuerdo una época –no tan lejana– en que caminábamos hacia el futuro. No era una marcha lineal ni exenta de conflictos, pero estaba orientada por una promesa compartida: que la historia podía avanzar hacia formas cada vez más amplias de democracia, prosperidad y justicia social. Ese tiempo ya pasó. Hoy entramos en otro, que se presenta como novedad, pero que en realidad nos arrastra hacia una nueva forma de pasado: una involución histórica sostenida con esteroides tecnológicos de enorme potencia, capaz de amplificar viejas pulsiones de dominio, exclusión y violencia bajo el ropaje de la innovación.

La paradoja de nuestra época es que el vértigo tecnológico convive con una profunda involución política y moral. Inteligencia artificial, automatización y plataformas globales prometen eficiencia y control, mientras el orden internacional retrocede hacia un estadio previo a los grandes consensos que se forjaron tras la Segunda Guerra Mundial. No avanzamos hacia un futuro inédito; regresamos, acelerados, a un mundo donde la fuerza vuelve a imponerse sobre el derecho y donde la desigualdad se naturaliza como destino.

Tras la catástrofe de 1939–1945, la humanidad pareció extraer una lección fundamental: la barbarie no era un accidente externo a la civilización, sino una posibilidad inscrita en ella misma. Por eso, en 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y........

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