Crónicas de Facundo: La democracia invisible
En reciente entrevista acerca de mi precedente columna ¿Cómo y porqué se acabó la república?, exprese a mi consecuente amigo César Miguel Rondón que la reconstrucción sólo podrá darse a partir del afecto. Habrá de cesar, primero y otra vez, la saña cainita que nos anegara desde la caída de la Primera República en 1812; esa que José Antonio Páez quiso resolver, sin alcanzarlo, a partir de 1830; que fue el empeño vital de Rómulo Betancourt a partir de 1959, compartido con los otros parteros de nuestra democracia civil, Rafael Caldera y Jóvito Villalba.
Treinta años más tarde, al hacerse generosos los odios incubados en el seno de los partidos, alimentados por los editores y sus asociaciones financieras en una hora de quiebre epocal en Occidente y de suyo en Venezuela, y de fractura progresiva en el estamento militar, la república hizo aguas.
En la actualidad, disuelta o desmaterializada esta y pulverizada la nación, por hecha diáspora hacia afuera y hacia adentro, sólo resta sobre el territorio de Venezuela una simulación vana y envanecida de Estado irreal, al mando de mercenarios de la política y de sus visibles formas de represión. Más a la par avanza una fuerza volcánica real e invisible por espiritual, llamada libertad.
El título de estas apuntaciones busca darle perfiles y razones, por vía de efectos y en relectura, a la tesis del afecto – affectio societatis, expresión de Ulpiano que apunta a lo psicológico de la fraternidad humana – como voluntad de asociación; de permanencia junto a otros; y de colaboración igualitaria entre todos, en un marco de mutua confianza. Pero he aquí lo central, sin mengua del válido ritornelo que reclama el urgente avance de Venezuela hacia unas elecciones que le permitan clausurar su largo ciclo de oprobio.
En ese orden, tratándose del afecto como la vía necesaria para la reconstrucción de la paz y como su meta, y siendo el afecto algo que reclama de la concordia o el acuerdo desde y entre los corazones, según la clásica fórmula agustiniana; que se siente y no se ve; que tampoco se palpa a través de los sentidos sino que se vuelve disposición de ánimo sincero; sólo cabe traducirlo bajo la fórmula de la nación esperada por todos los venezolanos y de una comprensión por aquella acerca de la democracia genuina, que no es estatutaria, tampoco constitucional, y sí constituyente.
En pocas palabras, habrá república democrática en Venezuela – salvo que otra vez decidamos regresar a los siglos XIX y XX – si la nación, como experiencia liminar de lo humano y de lo político, asume a la democracia como cultura, como forma de vida y estado del espíritu. No por azar, desde Oslo, recién, el Comité del Nobel de la Paz nos recordaba que “en el núcleo de la lucha por la democracia brilla una simple verdad: la democracia es más que una forma de gobierno. Es también la base para una paz duradera”.
En ese orden, con afinada perspicacia, el historiador y sociólogo francés Pierre Rosanvallón (Les institutions invisibles, 2024) apunta a lo indispensable, a lo que precede y desborda a las formas constitucionales. Sugiere superar a la democracia de representación y a la engañosa participación democrática, al objeto de «democratizar a la democracia» a través de la deliberación.
El voto, hasta ayer reducido a una cuestión de mayorías, de resolución entre opiniones concurrentes que selecciona a una, ya mineralizada desde las emociones, luego la erige como voluntad general engañosa y aplastante de las minoritarias. En una democracia verdadera, afirma el escritor galo, ha de hacérsele lugar a una exigencia de fuerte argumentación para que los puntos de vista no sean expresiones banales, productos de la circunstancia o de la fútil lucha por el poder entre amigos y enemigos. Es el contexto apropiado y pertinente el de la deliberación, en suma, dentro del que pueden florecer las solideces de una nación en vías de afirmarse como tal; antes de transformarse en república para garantizarse su libertad. Y esas son, exactamente, las que en propiedad hemos de identificar cómo las «instituciones invisibles», la de la confianza, la de la autoridad moral que guía y no impone o es refractaria, y la de la legitimidad, distinta de la legalidad y de sus sacramentos parlamentarios o judiciales.
Nuestras huellas, extraviadas
La historia patria, dicotómica, escrita y reescrita tras la deriva secular bolivariana y su molde dogmático, que buscó siempre sujetar al pueblo por desvalido y así justificar su permanente tutela sobre él, pretiriéndole, juzgándole de impreparado para el bien de la libertad, hizo sistemática la elipse........
