Desastres
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
Hay quienes creen ver, como los mayas, escritos en los astros los nombres de los gobernantes, pero las placas tectónicas obedecen a ciclos más hondos y a propósitos más indescifrables. No podemos celebrar por años el país de la belleza y olvidar las catástrofes que se necesitaron para que solo un colibrí fuera posible.
En las viejas mitologías todo tesoro traía su maldición. Y como cada vida, por espléndida que sea, trae como sello fatal al menos una muerte, la vieja sabiduría nos enseña que es mejor, en vez de maldecir, agradecer por todo como Whitman y como Aurelio Arturo. Hay un eco de eso en la música popular, que es tan sabia: “En vez de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo de bendiciones”.
Fue Paracelso quien dijo que todo es veneno y que todo es remedio, y que la diferencia entre ambas cosas está solo en la dosis. El veneno de la rana dorada del Chocó, la batracotoxina, que puede matar a diez caballos, a lo mejor puede curar cien enfermedades. Por eso donde hay algo venenoso más vale decir que hay algo poderoso que usamos inadecuadamente.
Qué cataclismos no se habrán necesitado para hacer estas tres cordilleras, para alzar estos glaciares y formar el tejido de estos ríos. Si duele comprobar que la tierra está viva, es importante que algo nos enseñe que si ahora podemos caminar, porque el suelo está quieto, esa quietud solo llegó después de infinitos desastres.
Dicen los filólogos que........
