Diez días para volver a sí misma
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Si estaba por fuera de su casa, Fernanda* calculaba el tiempo para que el domicilio llegara antes que ella a la portería. Se convirtió en un hábito cuando comenzó a desesperarse por la demora del domiciliario, del almacén o de lo que fuera. Mientras se despedía de la gente, ajustaba los detalles del pedido y se montaba a su taxi solo cuando ya había un repartidor en camino.
Siempre se preguntaba por qué se volvía tan torpe cuando recibía el paquete: comenzaba a caminar más rápido, sentía la tentación de abrirlo en el pasillo entre la portería y el ascensor, se le caían las llaves, le temblaban las manos al abrir la puerta, destrozaba la bolsa y abría la botella de vino. Ese afán la exasperaba.
A veces ni siquiera lograba sacar una copa. Tomaba dos tragos directamente de la........
