«Elogio del tibio» por Andrés Cabal
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En su Metamorfosis, Ovidio cuenta que Dédalo, antes de soltar a su hijo sobre el Mar Egeo, le advirtió que no volara muy alto para que el calor del sol no derritiera la cera, ni tan bajo que la espuma del mar le mojara las alas. Tal vez (los mitos no tienen un sentido «oficial») Dédalo quiso advertirle a Ícaro que su salvación no estaba en el cielo ni en el mar sino en el medio, en esa franja que los griegos llamaban sophrosyne (mesura) y que hoy se estigmatiza con un sustantivo descalificador: tibieza.
¿En qué momento y por cuáles razones una zona segura se volvió despreciable? Que una temperatura se convierta en insulto es, entre todas las extravagancias del lenguaje político, la más reveladora. Llamar tibia a una persona no es solo tildarla de cobarde: es también acusarla de ubicarse en el punto donde los contrarios se tocan y se anulan. En colombiano, «no es chicha ni limoná», por lo tanto es impotable.
Aristóteles concluyó —con menos mitología y más lógica— que la virtud estaba en el justo medio de los extremos viciosos, una posición óptima en caso de duda o cuando el consenso es muy difícil. Tal vez sea esta dificultad la que nos mueve a los extremos: la vida pública es urgente, el consenso tarda mucho, ¡optemos ya por una decisión radical!
Sí, lo reconozco, hay casos........
